Los imaginarios hacker en las relaciones de poder

Debord consideraba que el desarrollo de las nuevas tecnologías (NNTT) aceleraría el proceso de dominación capitalista, permitiéndole al sistema controlar mejor el imaginario de la realidad. Establecía una especie de síntesis en esta evolución, que denominaba «espectáculo integrado», y que asimilaba las anteriores formas de dominación: la de lo «espectacular concentrado» y lo «espectacular difuso». Lo espectacular concentrado define las sociedades totalitarias en las que la imagen de la realidad es uniforme, establecida principalmente mediante el uso de la coacción: «Allí donde domina lo espectacular concentrado, domina también la policía»1. Lo espectacular difuso, sin embargo, describe las sociedades de consumo dotadas de una aparente libertad de elección al poder decidir entre las innumerables mercancías producidas por la industria, incompatibles entre sí por el valor fetichista de cada una de ellas, que las presenta como valor único: «(…) diferentes mercancías-estrella sostienen simultáneamente sus proyectos contradictorios de organización de la sociedad»2. Lo espectacular integrado sería una mezcla de ambas, y conseguiría controlar el imaginario social gracias, en gran parte, a la continua modernización y desarrollo de las NNTT3.

El despertar de estas formas espectaculares, sin embargo, parece hacerse efectivo en el momento en que las estructuras a través de las que nos comunicamos y construimos significados dejan de ser unidireccionales para pasar a ser multidireccionales. Pero esto es solamente una posibilidad que requiere de otras muchas variables, como por ejemplo, que los receptores estén dispuestos a –o puedan, en caso se sufrir una sobredosis de información– recibir los nuevos mensajes4. En todo caso, la potencialidad está ahí y tiene consecuencias que van más allá de las propias estructuras físicas de los canales comunicativos. Según las investigaciones sobre comunicación de Manuel Castells, el poder se basa principalmente en su capacidad para controlarla, y «el proceso de formación y ejercicio de las relaciones de poder se transforma radicalmente en el nuevo contexto organizativo y tecnológico derivado del auge de las redes digitales de comunicación global y se erige en el sistema de procesamiento de símbolos fundamental de nuestra época»5. Hasta aquí, nada que no intuyera y alertara Debord, o que no adelantaran también otros autores coetáneos a él, siendo posiblemente Foucault el que lo expresó de forma más clara, sin necesidad de ejemplificarlo con las NNTT. En sus múltiples estudios acerca de la relación poder-saber –en sí mismo un concepto– da cuenta de la fuerza que es ejercida, de forma más o menos consciente, en todos los ámbitos de la vida para mantenernos, entre todos, dentro de lo que es considerado como normal en cada momento. Esta normalidad se constituiría, por tanto, a través de procesos complejos que dejan atrás la clásica dualidad de la cultura idealista occidental:

Esta alma real e incorpórea no es en absoluto sustancia; es el elemento en el que se articulan los efectos de determinado tipo de poder y la referencia de un saber, el engranaje por el cual las relaciones de saber dan lugar a un saber posible, y el saber prolonga y refuerza los efectos del poder (…). El hombre de que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo. Un “alma” lo habita y lo conduce a la existencia, que es una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo6.

Para Foucault, hay una tecnología política del cuerpo, una microfísica que no se basa en propiedades sino en estrategias: «(…) lo que rige todos estos mecanismos no es el funcionamiento unitario de un aparato o de una institución, sino la necesidad de un combate y las reglas de una estrategia»7. Son relaciones de poder donde el concepto de alma se transforma en un proceso en marcha, vivo, en el que estamos necesariamente inmersos y del que no podemos excluirnos, y a través del que se generan los significados.

Este prisma, mucho más biológico –o en este caso, bioestético–, parte de una recuperación del cuerpo y del entorno que tiene su origen a principios del siglo XX y que, para combatir la estetización de la vida que tan bien refleja Debord en La sociedad del espectáculo, según la que las cosas son en función de lo que aparentan ser, requiere de un análisis crítico profundo. Se aparcan los viejos dualismos según los que a un lado se encuentra lo bueno y al otro lo malo, en uno el poder y en el otro la subordinación, y se asume una realidad mucho más compleja generada a partir de procesos, de relaciones de poder que tienen lugar a múltiples niveles. Y dentro de estas relaciones, cada acto juega un papel estratégico en la consecución de unos fines variables, construidos también en el mismo proceso de la acción. Ya no se trata de hacerse con el poder, porque el poder ya no reside en un lugar concreto; se trata de evitar perder, en la medida de lo posible, el control sobre nuestras actuaciones, y para ello resulta imprescindible el acceso abierto al conocimiento.

Dentro de este marco orgánico, los canales de comunicación globales ocupan un papel relevante por la potencialidad que tienen de hacer llegar un mismo mensaje a múltiples puntos con un mínimo esfuerzo. Sin embargo, no se deben obviar otros tantos ámbitos de la vida en los que permanentemente se están tejiendo significados, y en los que están inmersos los receptores a la hora de recibir las ideas que con tanta facilidad se difunden en todas direcciones a través de internet. El triunfo de estos mensajes depende de muchos factores que quedan fuera del alcance de las redes, y con los que hay que contar a la hora de analizar el poder de estas comunicaciones. En cierto sentido, hay un repunte de la utópica teoría de la comunicación habermasiana con el desarrollo de las redes sociales de internet (RSI). Pero en cualquier caso, tiene lugar dentro de un contexto en el que se ha perdido aquella inocencia inicial según la que podía establecerse una comunicación entre iguales.

Si acaso, el mayor logro de internet en los procesos de formación de significado sería estético, al haber propiciado una metáfora muy gráfica de los mismos. Hoy existe una imagen muy clara sobre las múltiples relaciones de poder que existen detrás de las constantes normalizaciones que se van estableciendo y superando, y esta imagen remite constantemente a los imaginarios estéticos de la contracultura hacker que empezaron a proliferar a partir de ese “no propongas, haz”. Hoy resulta impensable aludir a estos procesos de significación sin hacer referencia a la metáfora del enjambre de las multitudes conectadas actuando en células o colmenas, y sus réplicas a otros niveles como el urbano con el 15-M. Son unas metáforas que plantean de forma muy clara las relaciones entre lo local y lo global, manteniendo ambas esferas –como otras tantas– interconectadas. Se está empezando a dibujar, y a determinar de este modo, una biopolítica que lleva ya un tiempo configurándose en nuestros imaginarios. Y en su aprehensión estética, se van adquiriendo las herramientas necesarias para llevar a cabo los procesos de significación con una estrategia cada vez más pulimentada.


1DEBORD, Guy (2010): La sociedad del espectáculo. Madrid, Pre-Textos, §64, pp. 67 – 68.
2Ibíd., §64 – 66, pp. 68 – 69.
3DEBORD, Guy (1990): Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. Barcelona, Editorial Anagrama, pp. 12 – 19.
4CASTELLS, Manuel (2009): Comunicación y poder. Madrid, Alianza Editorial, p. 22.
5Ibíd., pp. 23 – 24.
6FOUCAULT, Michel (1992): Vigilar y castigar. Madrid, Siglo XXI, p. 36.
7Ibíd., p. 314.

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Cuando la esfera periférica se vuelve indispensable

Con el desarrollo de internet y las nuevas tecnologías, asistimos a un cambio de paradigma que tiene unas determinadas consecuencias en el modo en que comprendemos el mundo e interactuamos con él y quienes nos rodean. En el siguiente trabajo me gustaría que abordásemos las implicaciones de la digitalización en relación al concepto de «esfera pública», tratando dos casos concretos que resultan paradigmáticos: la publicación de la base de datos íntegra de Cablegate por parte de WikiLeaks, y las acciones puntuales e indispensables de Anonymous en apoyo a esta organización en los momentos de mayor debilidad. Con ello quiero mostrar cómo en la transformación de la esfera pública ganan relevancia las esferas públicas periféricas, y cómo esto puede conducirnos a un escenario donde tengamos mayor autonomía, siempre y cuando cumplamos con unos mínimos requisitos para explotar este nuevo universo de posibilidades que se abre ante nosotros.

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