Arrojada a la existencia

No, la intensidad nunca será la misma entre dos compañerxs de lucha y dos compañerxs de… ¿de qué? Yo no puedo compartir mi vida con nadie que no comparta mis intereses, como mucho puedo convivir. Pero no quiero convivencias paralelas, quiero entrega: valores, intensidad, supervivencia. Nada de amores románticos que nos anulan, hablo de existencias y para ser, primero tengo que originarme. La causa primera no la sabe nadie, pero la inmediata es el orgasmo. El amor o se experimenta con todas sus consecuencias o se mutila.

Un ser amado es un ser libre, y un ser libre es un ser creativo, que crea. Ofrece; no niega o limita porque no se le opone o se le priva. En el amor no hay barreras y su metáfora y literalidad es la misma: la desnudez de lxs amantes. Y no es un trabajo tedioso, un deber que  proponerse y sacar adelante con esfuerzo; es inspiración. Y si no hay inspiración, el deseo se acaba y una rutina se sobrepone… se acabó el amor. Lo podréis llamar matrimonio, palabra que siempre me ha recordado al martirio, pero nunca amor. El miedo, que debería ser un antónimo de la palabra amor, paraliza, impide y limita, y su límite se sitúa en una compañía más o menos agradable que sólo aspira a evitar la soledad. ¡Triste confusión llamar a esto amor!

¿Quién va a desnudarse ante quien le oye pero no le escucha, quien no le comprende? La intensidad nunca será la misma entre dos compañerxs de vida y dos acompañantes. Eso en mi caso, donde la lucha diaria es el único camino. Quien no ha temido a la soledad y ha sabido escucharse, sabe cuál es el suyo.

Un batiburrillo de inquietudes se agitaban en mi interior cuando vi desde el balcón de mi piso compartido de la calle Aguilón, hace ya un tiempo, una urraca dejándose caer al vacío. Por qué había dirigido mi mirada hacia aquélla azotea en aquél preciso instante no tiene ninguna explicación divina: me encontraba en el único lugar donde podía estar, que de condicionales no se hacen nuestras vidas. La urraca se dejó caer desde aproximadamente 10 pisos de altura y tardó en abrir sus alas y emprender el vuelo el tiempo suficiente para que pensase que se estaba suicidando.

Las decisiones más importantes de mi vida las he tomado siempre por causalidades de este tipo. Las he tomado en una milésima de segundo: la respuesta a todas mis turbaciones se resuelve en un acontecimiento vulgar donde todas mis reflexiones de pronto encajan y forman un sentido que se me presenta absolutamente indiscutible. Pura necesidad.

Y aún me resistí.

Pero el conocimiento de lo obvio me arrojó sin remedio. Nunca el Dasein de Heidegger se me expresó tan claramente.

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