Sobre desahucios y mentiras

Estoy harta de escuchar que los activistas somos grupos de radicales de la extrema izquierda y anarquistas, harta de oír que nosotros somos los que perpetramos la violencia. Estoy harta de que el periodismo colabore en esta criminalización que estamos sufriendo, y que esta criminalización cristalice en la mente de nuestros seres queridos. Estoy harta de que cada vez que vuelvo a mi isla, con o sin bromas de por medio, me digan que me estoy convirtiendo en una izquierdista radical (como si no hubiese hablado de política y participado en movimientos sociales desde los 13 años), y que me tilden de comunista o anarquista. Y estoy muy harta de que ambos términos parezcan contener una inherente carga negativa.

Cuando mi despertador suena un día laboral a las 5 de la madrugada para ir a parar un desahucio y como una zombie me meto bajo la ducha, no estoy ideando (aunque a muchos les cueste creerlo) un plan para acabar con el mundo entero. Cuando salgo a la calle, todavía de noche, y me pongo a caminar hacia el metro sintiendo cómo el frío se mete de forma irremediable bajo mi piel, el único pensamiento que pasa por mi mente es el de que esa mañana, como todas las mañanas, una familia entera puede acabar en la calle no ya sintiendo ese frío sino fundiéndose con él, integrándolo en cada uno de los huesos de sus cuerpos. Cuando subo al vagón del metro, rodeada por otro tipo de zombies, la única pregunta que ronda por mi cabeza es sobre el porqué, no ya del sentido trascendental del mundo sino del sentido de nuestros pequeños mundos mundanos. Me pregunto cómo puede existir tanta crueldad, y sobre todo, como puede existir tanta indiferencia hacia tanta crueldad. Me pongo a pensar en los grupos de personas que redactan las leyes y en los individuos que ejecutan órdenes sin cuestionarlas y un escalofrío recorre mi cuerpo en una extraña sensación de enajenación ajena. Reflexiono sobre el sentido de la obediencia ciega de unos y la pasividad cómplice de todos los demás, y una crisis existencial vuelve a apoderarse de mí un día más. Cuando bajo en una nueva parada, otra vez en el extrarradio de la ciudad de Madrid, recuerdo los debates sobre las clases sociales y por un instante siento el cinismo amenazante en mi interior, aflorando en forma de amarga sonrisa en mi rostro. Siguiendo torpemente el recorrido marcado -la mayor parte de las veces de forma errónea- por Google Maps smartphone en mano, trato de ponerme en la piel de una madre. Pienso en el hecho de tener dos menores a mi cargo y que me echen de mi casa, de mi hogar, para acto seguido arrebatarme a lo que más amo en este mundo que son mis dos hijos, porque los niños no pueden ser criados en las calles. Inevitablemente me invade una sensación de vergüenza. ¿Por qué debería ningún individuo cargar con todo el peso de un problema que es social? Mi incomprensión se convierte en rabia cuando recuerdo todas las viviendas vacías que hay en nuestro país, y vuelven a mi cabeza las palabras de Ada Colau en el Congreso: “Les aseguro que no le he tirado un zapato a este señor porque creía que era importante quedarme aquí para decirles lo que les estoy diciendo”. Pienso en los suicidios y me dan ganas de echarme a llorar. Un zapato se me hace extremadamente inocente, y sigo sin sentirme una izquierdista radical.

El señor Barroso habla sin tener la menor idea de lo que está hablando, como la mayor parte de los periodistas y tertulianos de este país. La peor parte de nuestra crisis no es económica sino psicológica.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: