WikiLeaks en el marco de la cultura material y la investigación social

Todo trabajo de investigación conlleva un largo período de concreción en el que uno tantea diversos temas con mayor o menor éxito, configurando paso a paso el desarrollo de su tesis final. En este espacio de tiempo surgen muchas ideas que en adelante serán desechadas por la necesidad de no divagar en exceso, pero que en sí son realmente interesantes. Creo que es lo que sucederá con estas entradas: ahora mismo, al tener que relacionar el tema de WikiLeaks (¡tan amplio!) con la cultura material, me surgen hipótesis de lo mas variopintas, pero todas ellas muy vagas todavía. El hecho de no tener claro el tema central hace que todavía no pueda sentar las bases para una teoría, pero sea en forma de ideas o de una tesis más contrastada, el conocimiento ha de estar siempre en revisión permanente, por lo que considero que tenemos que atrevernos a dibujar unas primeras propuestas a modo de brainstorming ya que de lo contrario tampoco llegaríamos nunca a arrancar.

Uno de los pasos más relevantes para relacionar todo el tema de WikiLeaks con la cultura material consistiría en llevar a cabo una objetivación con el fin de comprender el significado cultural a partir de su identificación, con lo que quedaría establecido el primer ejercicio: reseñar los rasgos más relevantes alrededor de su imagen.

WikiLeaks es una organización que se describe a sí misma como mediática y sin ánimo de lucro, que nació en 2006 de manos de Julian Assange con el objetivo de brindar información relevante consistente en fugas de información –en muchos casos clasificada– adquiridas a través de su buzón electrónico con el que ofrecen a los que llaman “sus periodistas” una forma segura y anónima de filtrar la información1. De esta descripción se puede concluir que con WikiLeaks nace una nueva forma de periodismo donde son los ciudadanos anónimos los que actúan como informantes copiando unos datos de acceso restringido y brindándoselos a un medio [WikiLeaks] que se encarga de hacerlos públicos. ¿Se podría hablar en este sentido de una modificación en el papel del autor a favor del texto, como planteaba Michel Foucault? Según su tesis, la idea tradicional de autor lo sitúa como precedente a la obra cuando en realidad es una delimitación de la misma, actuando como obstáculo para su libre configuración2. En relación a WikiLeaks, el único “autor” que queda anulado es el del informante, y no en todos los casos: Chelsea Manning (Cablegate) y Jeremy Hammond (GIFiles) fueron descubiertos, aunque en ningún caso por una deficiente seguridad de WikiLeaks, que hoy es verdaderamente potente. Chelsea Manning fue descubierta por confiarle su hazaña a Adrian Lamo, un hacker que en el pasado fue acusado por el gobierno de Estados Unidos para el que hoy trabaja en casos puntuales, y Jeremy Hammond por trabajar con un grupo de personas bajo la idea de Anonymous donde uno de sus integrantes, el hacker Héctor Xavier Monsegur, conocido en Internet como Sabu, había sido detenido y había pasado a colaborar con la policía sin que sus compañeros lo supieran. Estos datos también son curiosos y naturalmente no son casuales: la imagen del hacker cobra aquí una relevancia considerable. En cuanto a la información filtrada, siguen apareciendo los autores de la misma, y la organización de WikiLeaks está fuertemente influenciada por la figura de su fundador Julian Assange. Sin duda el papel del autor se está modificando, pero estaría por ver hacia qué fines, porque desde luego, pocos entienden lo que es WikiLeaks dejando de lado a Julian Assange, quien lamentablemente ocupa más líneas en los medios de información que las propias filtraciones, por lo que en cierto modo se siguen viendo restringidas a unas determinadas concepciones predeterminadas. En lo que respecta a la figura del hacker, que al hablar brevemente sobre lo que es WikiLeaks y cómo han procedido dos de sus importantes paquetes de filtraciones ha aparecido ya en dos ocasiones, hay que recordar que no se encuentra solamente del lado de los denunciantes de los informantes, sino que los propios informantes, junto con el propio Julian Assange, son también hackers. Esto nos obliga a plantear en qué consiste exactamente esta figura y qué papel tiene en este momento histórico.

Hay muchas definiciones sobre lo que es un hacker, pero personalmente lo definiría como un ser curioso que se atreve a alterar los códigos para experimentar nuevas posibilidades sin conformarse con lo que está predeterminado. Y entiéndase por códigos cualquier tipo de estructura dada. Sin duda su papel configura la realidad en la que vivimos y los relatos sobre el mundo que vamos construyendo, y lo hace de forma especial en el seno de WikiLeaks en estrecha vinculación con la informática: los ordenadores se nos aparecerían como ciborgs mundanos, según el concepto que desarrolla Steven Mentor en su artículo La llegada del ciborg mundano, a través de los que conectamos con otro mundo, el del ciberespacio, donde podemos, con unos determinados conocimientos sobre modificación de códigos –en este caso binarios–, abrir ventanas a una información hasta ese momento oculta. En este sentido, además, el concepto de hacker pasaría a formar parte de la definición de periodista, modificando, o mejor dicho, ampliando, su significado en un proceso de hibridación. Los propios ciudadanos pasarían a ser considerados periodistas en la medida en que sacan la información restringida a la que ellos tienen acceso –ya sea en forma de permiso o por una habilidad para birlar la seguridad– para brindársela a WikiLeaks –o cualquier otro medio de información–, quien se encargaría de hacerla pública.

Pero todo esto, ¿por qué ocurre? ¿Por qué está teniendo lugar esta transformación del papel del periodista, del periodismo, y también del ciudadano? Es una respuesta, que podemos llamar natural, a las necesidades del momento presente. Del mismo modo que las órdenes religiosas se hayan en gran parte de los casos en la vanguardia del desarrollo técnico debido a sus necesidades, un nuevo periodismo está surgiendo como respuesta a una sociedad que clama cada vez con más fuerza por una información libre. Los motivos que nos han llevado a esta demanda son muy amplios y conllevarían un trabajo completo (y complejo) aparte, pero lo que está aconteciendo, el resultado, lo estamos viviendo. WikiLeaks es en este sentido causa, y a la vez efecto, de este proceso: influencia al periodismo tradicional invitándole a tomar un giro hacia el periodismo de datos, y por otra parte, surge con motivo de esta demanda ciudadana. Y como en muchos casos, los cambios no acaban de verse en los grandes medios, son los propios ciudadanos los que toman las riendas alterando los códigos, transformándose en hackers y hackeando el periodismo.

Sobre este último punto me atrevería a hacer una analogía también con la sexualidad. Por un lado, de la misma manera que Steven Mentor afirma que quien hoy no tiene coche, padece de una disfuncionalidad o discapacidad –pues el vehículo nos permite ser más rápidos transformándonos en una especie de superhéroes–, quien hoy no tiene un ordenador, o no sabe manejarse con ellos, sufre de una carencia que le hace estar en un mundo completamente aparte. Y por otra parte, esta capacidad de manejo del ordenador para burlar la seguridad del poder (así en abstracto, de lo que está establecido) junto con el peligro que en muchas ocasiones entraña, convierte a la figura del hacker en una figura atractiva, y probablemente no limitada al ámbito informático, pero con especial fuerza en él. De hecho, la vida sexual de Julian Assange ha despertado un gran interés a la comunidad internacional, hasta tal punto que se ha utilizado para manipular la opinión pública.

2FOUCAULT, Michel. Entre filosofía y literatura. Editorial Paidós, Barcelona, 1999. pp. 329 – 360.

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