Una huelga de hambre poderosa, solidaria y silenciada

Me atrevería a decir que ayer fue uno de los días más hermosos que he pasado en Sol junto a los chicos que están en huelga de hambre. La recogida de alimentos fue una muy buena iniciativa, y el resultado no se hizo esperar. Pero cuando llegamos a Sol a las 10 de la mañana, ¡sorpresa! Si el ayuntamiento de Madrid ya habían conquistado la parte que queda a los pies del caballo de Carlos III, empujando a los chicos a uno de sus laterales colocando ahí su árbol navideño -que otros años situaba a unos cuantos metros-, ahora una grúa se situaba en aquel lateral. Voy a incidir un poco en todo esto.

Primero de todo fue una grúa. Una buena mañana, la del 6 de noviembre, apareció aparcada en todo el mitad de la Puerta del Sol, delante del caballo, impidiendo el paso ciudadano e invisibilizando a los chicos. Los días anteriores la dejaban descansando a un lado, pegada a la estatua para no dificultar el paso, sin invisibilizarla ni a ella ni a los chavales. Cuando la vieron justo delante, preguntaron qué se suponía que hacía allí: estaba averiada. Lo “gracioso” fue cuando vino el supuesto técnico, se subió a la grúa, y la arrancó sin más. También es “curioso” que no haya sido la misma grúa que han utilizado para montar el árbol. Pero eso no sucedió hasta que no tuvieron listo todo el material que haría un cerco delante de la estatua impidiendo su paso y su visibilización, dentro del que han construido un espantoso árbol navideño cuyas bolas son las de la lotería. De indirecta en indirecta, pero sin ninguna sutileza.

Después de todo aquello, y cuando los chicos ya estaban bastante arrinconados no a un lado, sino a una esquinita, amaneció el día con la grúa colocada de tal modo que todos los gases salían hacia el lado en que se encontraban. Eso fue ayer, que se iba a llevar a cabo una recogida de alimentos solidaria, pero por una vez fue para bien: dimos la vuelta y nos pusimos en el único lugar que quedaba accesible alrededor del caballo de Carlos III, contra una de las vallas que hacen de cerco alrededor del árbol navideño, justo donde desembocan las calles comerciales. Pasaron de ser invisibles a los protagonistas de la plaza.

No eran ni las 11 cuando ya se había recibido una cantidad considerable de alimentos no perecederos. Pasaron de llegar las bolsas de plástico con cuatro cosillas, a los carritos de las abuelas repletos hasta arriba en cuestión de minutos. Las cajas se iban llenando y se iban cerrando, amontonadas a un lado y siempre a la sombra. La gente se iba parando, preguntaba, se acercaban a los chicos a preguntarles cómo se encontraban, les deseaban mucha fuerza e incidían en lo preocupante que resulta que el pueblo español no se dé cuenta de lo que supone que haya gente llevando una huelga de hambre, exasperados. Empezó la Asamblea General de Sol y el círculo de gente alrededor de ellos se iba agrandando. Y justo delante, estaban las madres denunciando el robo de sus hijos en el franquismo con un stand informativo. Las injusticias volvían a ser la denuncia que ocupaba a los vecinos de Madrid en la plaza pública de la ciudad. Las firmas se recogían solas.

Más tarde, sin embargo, se acercó un policía: “no se pueden tener carteles en el suelo”. En todos estos 30 días -porque sí, ya son 30 días- habían explicado, primero, que no se podían colgar en la valla. Luego, dijeron que no se podían tampoco apoyar en la valla. Siempre se escudaban en una ley que no acertaban a explicar. Y Finalmente ayer, no se podían tener en el suelo, donde hasta ese momento no habían puesto pegas. Por lo visto hay una ley que prohíbe que los carteles estén en el suelo, pero no en la valla, donde ahora, de pronto, sí era lícito colocarlos. Pero quitar el cartel más simbólico del suelo, el de “¿Cuáles son tus motivos?” donde la gente va dejando su huella con las razones por las que ellos creen que hay que unirse y salir a luchar, suponía ceder. Vene lo tenía claro: el espacio hay que ganarlo. Jorge, que siempre se mantiene alegre, simpático y razonado, se mostró molesto y preocupado. Yo, personalmente, apoyé la resistencia de ese cartel en el suelo, porque el juego que lleva a cabo la policía es psicológico y tiene la finalidad de desmoralizar a unas personas que ya de por sí se encuentran muy débiles, pero entre cosas para eso estábamos allí los demás.

Lo primero que hicimos fue quitar los carteles del suelo que estaban más alejados. Seguramente la policía hablaba por hablar, y no volverían a aparecer. Con ese gesto no nos mostrábamos desafiantes, pero no movíamos el cartel más grande y clave. Al cabo de un rato volvieron: “no poder tener carteles en el suelo hace referencia a todos los carteles, no a una parte de ellos”. El policía se mostraba algo más alterado. Se le pidió que razonase, que las órdenes eran absurdas porque cada día eran diferentes, y que desacatase. Dijo que lo hacía por nosotros: en la valla los carteles se verían mejor. Dijo que si no obedecíamos, tendrían que quitar ellos los carteles por la fuerza y multarnos, que le daríamos al ayuntamiento de Madrid justo lo que quiere. Como si no supiésemos a estas alturas, que precisamente eso es lo que nos conviene a nosotros: una fotografía de la policía arrancando un cartel y una multa injusta por protestar es de esas chispas que te sacan a cientos de miles de personas a la calle. Lo que al ayuntamiento le conviene, es el desgaste psicológico y la invisibilización de la protesta: órdenes cambiantes y absurdas, pérdida continua de terreno conquistado y un gigantesco árbol de navidad bajo el que esconder a tres personas con los ojos cada día más hundidos. El policía se fue y Jorge dijo que si querían multarles, que él daría sus datos. Los demás dijimos que nosotros también, que a ver si se creía que íbamos a dejar de permanecer unidos en el momento de la verdad. Y a todo esto seguía llegando comida.

El policía volvió, nervioso y enfadado, como alguien quien pretende hacer cumplir una orden a una persona indisciplinada que se niega a acatarla. “Tenéis que quitar los carteles”. “Lo hemos hablado, y colocaremos los pequeños en la valla donde, ciertamente, ganan en visibilidad. Pero el grande se queda en el suelo”. Y ante la posición firme, quien reculó fue quien tenía órdenes de no generar disturbios porque sería lo que les faltaría a los de arriba, ¡los chicos en huelga de hambre saldrían en los grandes medios de comunicación como víctimas de una actuación cargada de insensibilidad por parte del ayuntamiento! “Vale”. Y desapareció.

Y entonces llegaron las 6 de la tarde, momento en que los alimentos recogidos empezaban a repartirse. Llevamos unas cuantas cajas a la furgoneta cuyo destino era el banco de alimentos porque sería difícil repartirlo todo en Sol… ¿o no? Una mujer musulmana se acercó dubitativa. Miraba los alimentos y el hombre que le acompañaba le instaba divertido a que se acercase, que no le diese vergüenza. Yo no les entendía, pero el lenguaje corporal era muy claro. Me miró tímida y me preguntó si podía coger algo. Le dije que naturalmente, y que se acercase. Miró a su acompañante como buscando un último impulso y este se rió, y me miró y me dijo que no se atrevía. Al final, la mujer cogió una bolsa y metió un paquete de arroz… Y Vene le dijo que cogiese algo más, y le metió en la bolsa aceite, atún, pasta, leche y no sé qué más, y los ojos de aquella mujer se llenaron de lágrimas. ¿Entendéis lo que os quiero decir?

Yo me senté porque los alimentos se iban prácticamente solos con la colaboración de muy pocos. Las familias desahuciadas habían sido avisadas y pudieron volver a su casa con comida. El éxito fue tal, que tuvo que volver la furgoneta con destino al banco de alimentos para que se pudiese dar más comida ahí mismo, en la plaza pública, en el centro de Madrid.

Y yo me fui a casa feliz.

Jorge hoy cumple 31 días en huelga de hambre, y se lo nota muchísimo. Su ánimo sigue alto, y con acciones como las de ayer todavía más, pero lleva el cinturón de los pantalones extremadamente ceñido y le sobra de todas partes. Tiene los pómulos marcados, y los ojos hundidos, pero según dice él que le dice el SAMUR, todavía está fuera de peligro. Hoy les tocaba revisión de nuevo.

Alex lleva 28 días.

Gisela lleva 25 días.

Alejandro 24 días.

Y Frank lleva 10.

Juanma tuvo que abandonar la huelga el viernes después que su abuela muriese en el hospital el pasado domingo porque no la quisieron trasladar a la UCI con esa edad. Su abuelo no quiere comer y él se a marchado para permanecer a su lado, pero ya no deja de asistir a una sola de las múltiples manifestaciones que tienen lugar.

484787_767328076615895_1360032412_n

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: