Seguridad, democracia, libertades y filtraciones

Hace ya unos años que WikiLeaks prendió la llama en torno al debate generado tras el atentado del 11S sobre el precio que debemos pagar por nuestra seguridad, saldado desde entonces con muchos de nuestros derechos y libertades. La filtración de la soldado Chelsea Manning de más de 700.000 documentos al portal, junto con el posterior análisis y las publicaciones en los principales medios de comunicación hicieron reabrir viejas heridas, avivando las llamas de una revolución que todavía estaba por empezar y que hoy todavía no ha terminado. A finales de 2010, y especialmente a lo largo de 2011, fueron traducidos numerosos cables diplomáticos que no habían sido recogidos por los grandes medios. Voluntarios de todo el mundo colaboraron para que su difusión fuese posible, sin los problemas de la lengua o de un acceso limitado. Durante la denominada «primavera árabe» eran ya numerosos los portales de Internet que se dedicaban exclusivamente al análisis de los cables filtrados por WikiLeaks.

Se conoció la cifra de civiles asesinados por el ejército estadounidense en Afganistán e Iraq, se escuchó la orden de disparar contra un grupo de civiles iraquíes desarmados entre los que se encontraban niños y dos periodistas de Reuters, y la risa de los soldados mientras caían al suelo en un intento fallido por escapar. Fuimos testigos de casos de corrupción que no conocíamos bajo una impunidad absoluta. En España se reabrió el caso de Couso después de asistir con horror a los correos de la embajada estadounidense en nuestro país: Estados Unidos, a través de nuestros ministros, y con la colaboración del fiscal general del Estado Conde-Pumpido y el fiscal jefe de la Audiencia Nacional Javier Zaragoza, había intercedido en el sistema judicial español para archivar el caso. Ya no se trataba de una creencia generalizada, sino de un hecho documentado que mostraba que mientras la por entonces vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, junto con los ministros López Aguilar de Justicia, y Moratinos de Asuntos Exteriores, acataban las decisiones del juez Pedraz y acompañaban a la familia de Couso en el dolor públicamente, en privado maniobraron para dar fin a dicho proceso1.

¿Por qué no disponíamos de la verdadera cifra de civiles asesinados en Afganistán e Iraq? ¿Es acaso un secreto de guerra, un dato que puede favorecer al enemigo? Ellos dijeron que no publicaban esas cifras porque sencillamente no llevaban una cuenta al respecto. Y el enemigo, ¿qué forma tiene? ¿Es de tez oscura y barbudo, delgado por su escasa alimentación, o es blanco y robusto, de ojos claros? Los casi tres mil muertos en el atentado del 11S eran civiles, personas que se mantenían al margen del juego de guerra cuyo gran pecado fue ir a cumplir con su trabajo aquella fatídica mañana. Eran inocentes, como lo eran también los más de sesenta mil civiles asesinados en Iraq entre 2003 y 20092, cifra que se habrá ido engrosando en estos últimos tres años. ¿Quién tiene potestad aquí para hablar de terrorismo? Aquí no hay salvadores, hay asesinos.

Desde el atentado del 11S se ha acabado con la privacidad a la que antes teníamos derecho. En realidad nunca la tuvimos, pero a partir de aquel momento, con el Acta Patriótica aprobada, dejamos de tener la ley de nuestro de lado. Espiarnos se volvió una obligación. Por nuestra propia seguridad.

El problema es que el Acta Patriótica no es más que un pretexto para que los gobiernos puedan actuar impunemente cuando les parezca oportuno. Si alguien es sospechoso de terrorismo pierde automáticamente sus derechos, y la definición de «terrorismo» es lo suficientemente vaga como para que pueda ser aplicada a quien les venga en gana. Además no necesitan pruebas.

Los periodistas en el punto de mira

ir más lejos, el pasado lunes 19 de agosto detuvieron a en el aeropuerto londinense de Heathrow a David Miranda, compañero sentimental de Glenn Greenwald, periodista del periódico The Guardian que trabaja actualmente en la investigación de los documentos confidenciales de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos) filtrados por Edward Snowden. No es la detención del propio Edward Snowden, a quien finalmente Rusia le dio asilo político, ni familiares directos del ex técnico de la CIA; no es la detención del periodista que está llevando a cabo el análisis de los documentos y está publicando sobre lo que encuentra en ellos, no: es la detención del amigo, de un amigo, de un amigo. David Miranda fue retenido e interrogado durante 9 horas (el tiempo máximo) por las autoridades birtánicas bajo la Ley David-MirandaAntiterrorista. Durante el transcurso de este tiempo fue acosado, siendo amenazado con la cárcel si se negaba a cooperar. No le facilitaron un intérprete ni le dejaron telefonear a Greenwald, que además de periodista, es abogado. Le confiscaron un ordenador, dos pendrives, un disco duro externo, un consola de videojuegos, relojes, teléfonos móviles. Le intimidaron para que les diese las contraseñas, asegurándole que estaba obligado a responder a todas sus preguntas. Como bien indicó el propio Miranda, la policía utiliza esta ley para conseguir aquello que no pueden obtener legalmente sin pasar por un juez. Lo que buscaban era cualquier tipo de información que pudiese llevar encima teniendo en cuenta que venía de intercambiar materiales entre su novio y la cineasta Laura Poitras, quien actualmente se encuentra trabajando en historias relacionadas con los archivos de la NSA que dio a conocer Edward Snowden3.

Este abuso de poder lo que pretendía era dejar un mensaje claro de lo que les puede pasar a quienes filtran o colaboran con las filtraciones de documentos de estado, y el golpe de efecto fue mayor teniendo en cuenta que se conocería la sentencia contra la soldado Manning dos días después. Cuando todavía se estaba tratando de esclarecer quién dio la orden de retener a David Miranda y quiénes tenían conocimiento de esos movimientos, la jueza coronel Denise Lind dictó la sentencia más dura de la historia de Estados Unidos por revelación de documentos secretos: 35 años de prisión para Chelsea Manning.

«Hemos olvidado nuestra humanidad»

Manning tenía 22 años cuando, horrorizada por los excesos cometidos por las fuerzas armadas estadounidenses en la guerra de Iraq, decidió en un acto plenamente consciente dar a conocer la realidad de lo que estaba sucediendo. Ella se había alistado por las mismas razones que todos los jóvenes idealistas americanos: defender a su país. Sin embargo, cuando llegó a Iraq, vio que lejos de estar defendiendo a su patria, el ejército estaba masacrando a inocentes mientras hacía la vista gorda ante los abusos de poder del gobierno iraquí. Habían olvidado la humanidad. Las fuerzas armadas habían «elegido conscientemente devaluar la vida humana tanto en Iraq como en Afganistán».

En nuestro afán de matar al enemigo, debatimos internamente la definición de tortura. Llevamos individuos a Guantánamo durante años sin el debido proceso. Inexplicablemente, hicimos la vista gorda ante la tortura y las ejecuciones del gobierno iraquí. Y tuvimos que tragar innumerables actos en nombre de nuestra guerra contra el terror.

El patriotismo es a menudo el grito exaltado cuando actos moralmente cuestionables son defendidos por aquellos que se encuentran en el poder. Cuando esos gritos de patriotismo ahogan cualquiera de nuestras intenciones basadas en la lógica [no está claro], es por lo general un soldado americano el que es ordenado a llevar a cabo alguna misión mal concebida4.

Analista de la décima división de infantería y con acceso a archivos confidenciales del Pentágono, Manning decidió copiar los archivos comprometedores y enviarlos a WikiLeaks para que el mundo entero conociese la verdad, siendo el vídeo Collateral Murder uno de los más comprometedores y relevantes.

Su pretensión, según siempre ha defendido, fue la de ayudar y en ningún caso la de perjudicar a nadie. Ella quería que la gente conociese los excesos para que se pudiese acabar con ellos. Quería acabar con las torturas y los asesinatos, quería acabar con la guerra. Hoy dice que entonces no era consciente del daño que con ello podía provocar, y que con ello no pretende excusarse, pero sigue manteniéndose firme en lo que respecta a la necesidad de un cambio radical en las políticas de guerra.

A pesar de sus disculpas, su ingenuidad y sus buenas intenciones, ha sido condenada a 35 años de prisión. Porque Manning no ha sido una joven soldado que ha filtrado secretos de estado cualquiera, ha sido la marioneta que Estados Unidos ha utilizado para lanzar un mensaje a quienes se atrevan a imitar sus actos, y así de claro lo expresó el propio fiscal: «Esta sala debe enviar un claro mensaje a cualquier soldado que esté sopesando robar información clasificada».

manning

La polémica está servida

En una misma semana, dos mensajes muy claros. ¿Y el resultado? Bueno, parece que no ha sido exactamente el esperado. Ayer mismo, sin ir más lejos, apareció una carta abierta firmada por Charles Seife y dirigida a sus antiguos colegas de la NSA donde les insta a «hablar claro».

seifeSeife cuenta que cuando era joven y estaba cursando su carrera como matemático, fue reclutado por la NSA en una estrecha relación que la universidad de Princeton guardaba desde hacía años con la agencia estatal de seguridad. Después de pasar algunas pruebas, como la del polígrafo, y una vez que un par de agentes del FBI echaron un ojo alrededor, acabó en Fort Meade, Maryland, para lo que él califica como «adoctrinamiento». Aprendió que la agencia no existía y a mantener la boca cerrada, diciendo en caso de ser preguntado que trabajaba para el Departamento de Defensa. También aprendió que hablar sobre los documentos con los que ahí trabajaban con personas externas constituía un grave delito5.

Lo que a Seife realmente le fastidia es la hipocresía de la NSA al asegurar que los trabajos que ahí llevaban a cabo no serían nunca utilizados para espiar a los ciudadanos estadounidenses. Al parecer, que se utilicen contra otros ciudadanos del mundo, inocentes o no, no constituye problema alguno. Quiero decir que aquellos jóvenes que eran reclutados para trabajar para la agencia sabían que iban a trabajar en programas que permitiesen al estado espiar a ciudadanos extranjeros, y como siempre estaba detrás la excusa del terrorismo, no les suponía ningún pudor y lo aceptaban con total naturalidad. En el momento en que Seife ha visto claras sus sospechas sobre que aquellos programas fuesen utilizados también en contra de sus conciudadanos, ha escrito indignado esta carta invitando a sus compañeros a romper el silencio. Porque él, como la mayor parte de los ciudadanos estadounidenses, cree en la libertad de los americanos.

Hasta ahora éramos muchos los indignados con las políticas de privacidad. Hace años que varios debates sobre este tema están sobre la mesa de países del mundo entero. Se ha mantenido un constante tira y afloja entre Estados Unidos y Europa a este respecto. Lo que está sucediendo ahora, sin embargo, es que el cuestionamiento nace de la propia matriz. La falta de procedimientos en estos temas han hecho que las autoridades hayan acabando abusando del poder que tienen, utilizándolo también contra su propia población. No creo que sea algo nuevo, pero digamos que lo es: los ciudadanos estadounidenses se están dando cuenta ahora.

Las numerosas filtraciones que se están llevando a cabo han puesto de manifiesto estos procedimientos, y la gente se está enfadando. Hace años, con WikiLeaks, ya hubo un primer golpe de indignación, y se vivió en los mismos países que sufrieron filtracjeremy-306v-1369748635iones. Hoy, con Edward Snowden, las filtraciones afectan de lleno a Estados Unidos y el debate goza de un lugar privilegiado en sus principales medios de información. También ayer se publicaron unas nuevas declaraciones de Jeremy Hammond, “miembro” de Anonymous que fue detenido el pasado año. Según asegura Hammond, el FBI utilizó a Hector Monsegur (quien primero colaboraba en Anonymous y tras su detención trabajó como agente doble para el FBI) para decirle a los hackers qué objetivos atacar. Dado que gozaba de una gran popularidad dentro de Anonymous, la gente hacía lo que él decía sin llegar a sospechar los intereses que estaban detrás. Estos objetivos, dice Hammond, fueron en muchos casos gobiernos extranjeros, pudiendo el gobierno estadounidense atacar de forma ilegal a sus objetivos con total impunidad6.

Si esto no es un escándalo, hay mucho que redefinir. De lo que no me cabe duda, es de que mientras no se tomen las medidas adecuadas para establecer determinados protocolos de obligatorio cumplimiento para los gobiernos, seguirán sufriendo otros muchos duros golpes atestados de lleno a la imagen que de ellos se tiene en el mundo entero. En el momento en que pierdan la credibilidad estarán perdidos.

¿Qué coste tiene la seguridad? ¿Es el mismo coste para todos los seres humanos? ¿Es la seguridad de todos igual de importante? ¿Pueden nuestras libertades verse condicionadas a cambio de la impunidad del poder en un estado democrático? Estas y otras muchas preguntas son las que deben ser contestadas a la hora de teorizar sobre las nuevas democracias que queremos construir.

1CEBERIO BELAZA, Mónica: «Los ministros españoles trabajan para que no prosperen las órdenes de detención», El País, 20 de noviembre de 2011. http://www.elpais.com/articulo/espana/ministros/espanoles/trabajan/prosperen/ordenes/detencion/elpepuesp/20101130elpepunac_35/Tes.

2«Wikileaks revela la muerte de 70.000 civiles iraquíes desde 2003», El Mundo, 23 de octubre de 2010. http://www.elmundo.es/elmundo/2010/10/22/internacional/1287762044.html.

3WATTS, Jonathan: «David Miranda: ‘They said I would be put in jail if I didn’t co-operate’». The Guardian, 19 de agosto de 2013. http://www.theguardian.com/world/2013/aug/19/david-miranda-interview-detention-heathrow.

4Transcript of the statement made by Pfc. Bradley Manning. Democracy Now, 21 de agosto de 2013. http://m.democracynow.org/web_exclusives/1865.

6Statement by Jeremy Hammond on Sabu’s Sentencing. Free Jeremy, 22 de agosto de 2013. http://freejeremy.net/yours-in-struggle/statement-by-jeremy-hammond-on-sabus-sentencing/.

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