Nuevas narraciones (II)

Hemos empezado a encontrarnos ante casos en el que ha sido la propia ciudadanía, tras haber sido ignorada por el gobierno, quien se ha organizado para llevar a cabo determinadas acciones que corresponderían a las autoridades competentes en cada caso. Es el ejemplo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), organización surgida a raíz de la falta de soluciones de los distintos gobiernos para acabar con las injusticias que han rodeado desde un primer momento las hipotecas españolas. Desde la PAH no solamente se han paralizado desahucios, algo que en principio solamente puede ordenar un juez, sino que también se ha dado apoyo e información a las víctimas, se ha investigado el origen de los distintos problemas ante los que se han encontrado, y han llevado a cabo una Iniciativa Legislativa Popular (ILP). Ellos mismos se han encargado de interpelar a todos los partidos con representación parlamentaria para solicitar por escrito su posición con respecto a las medidas de mínimos incluidas en la ILP y han realizado numerosas mociones a los ayuntamientos para hacer que se posicionen ante la regulación hipotecaria vigente. Es solo un ejemplo de cómo los ciudadanos son capaces de organizarse por su cuenta para llevar a cabo unas determinadas acciones que, aun teniendo un carácter popular, son ignoradas por sus representantes y el modelo político actual. Sirve de ejemplo también para ver cómo están conviviendo en el tiempo dos maneras muy diferentes de entender el mundo: la que mantiene un carácter representativo y la que busca una participación mayor, alentada por la introducción de las nuevas tecnologías en nuestras vidas.

Por otro lado, está el hecho de la pérdida creciente de credibilidad a la que están sometidos los medios de comunicación tradicionales desde hace unos años, y en nuestro país especialmente desde los atentados de Atocha. Esto ha ayudado a que las alegaciones de los propios ciudadanos nos inspiren una confianza mayor que la de los medios tradicionales. Todos sabemos que los medios de comunicación dependen económicamente de empresas privadas que defienden unos intereses. Naturalmente que los ciudadanos, a la hora de informar por su cuenta y riesgo, tienen también unas preferencias que les impiden poder informar con objetividad, pero hemos aceptado esta subjetividad. En muchos casos preferimos saber que nos encontramos ante la opinión de alguien que ha vivido unos sucesos determinados, que escuchar la noticia de un medio de prestigio cuyo valor lo mantiene gracias a unas inversiones que en muchos casos desconocemos de donde provienen. Hoy ya no valen las viejas categorías de “medios de izquierdas” y “medios de derechas”, en el neoliberalismo las ideologías son un producto más. Grupo Planeta, por ejemplo, es uno de los principales accionistas del diario de ideología conservadora ‘La Razón’, y al mismo tiempo del Grupo Antena3, donde destaca la cadena de televisión ‘La Sexta’ por una ideología abiertamente progresista. Cuando Argentina decidió nacionalizar YPF, filial de Repsol, en 2012, los medios tradicionales españoles criticaron ferozmente a Cristina Fernández de Kirchner, presidenta del país, independientemente de su ideología. Muchos esperaban encontrarse con alguna noticia favorable o por lo menos neutral en el diario ‘El País’, que siempre ha tenido fama de progresista, y sin embargo esta nunca apareció: de hecho fue uno de los más duros con la expropiación. No por casualidad, Repsol invierte dinero en el grupo PRISA, al que pertenece el mencionado periódico.

Conocer estos datos no tiene por qué provocar desconfianza. Para que la confianza se quiebre es necesario que tenga lugar un caso en concreto en que los intereses de los medios queden expuestos de forma muy clara, ya que dar una información objetiva es prácticamente imposible. En este país fueron las noticias sobre los atentados del 11 de marzo las que marcaron un punto y aparte: se falló a la ciudadanía en la cobertura de una información que quedaba fuera de cualquier tipo de intereses, ya que fueron nuestros amigos y familiares los que perecieron, y los que sin ninguna clase de pudor utilizaron como campaña electoral. Se nos faltó al respeto de una forma indignante. En ese momento hubo una ruptura que provocó que la gente se empezase a organizar por su cuenta y riesgo, creando sus propias redes de confianza. Y si a esto le sumamos el descrédito hacia los mercados y las instituciones que se ha ido alimentando a lo largo de los últimos años, daremos con movimientos como el del 15-M en el que los ciudadanos se organizan de forma paralela al gobierno en todos los niveles. Se puede decir que ha habido una separación total entre los ciudadanos y sus gobernantes, quienes han perdido por completo el control. Según la tesis de Manuel Castells, las relaciones de poder que fundamentan una sociedad permitiendo la constitución de sus instituciones se basan en la coacción y la construcción de significados en las mentes, teniendo especial relevancia la segunda por ser capaz de generar un modo de ver el mundo favorable al sistema, haciendo que los propios ciudadanos lo defiendan. En el momento en que se pierde esta influencia, solo queda la imposición, y a diferencia de los significados generados en las mentes, aunque pueda funcionar por un tiempo no convence, y está condenada al fracaso1.

Esta pérdida de control y las nuevas redes que aparecen en consecuencia es lo que va generando nuevas formas de comprender y narrar la realidad. Y a esto también hay que añadirle las nuevas posibilidades surgidas a raíz del avance tecnológico: el hecho de que haya múltiples personas a pie de calle narrando lo que está aconteciendo a tiempo real no sería posible sin unas herramientas con conexión inalámbrica a Internet. Estas personas no son periodistas, por mucho que le guste la idea a la gente, sino ciudadanos de a pie implicados en la realidad de su momento. No necesitan ninguna acreditación para contarnos lo que están viviendo, y pueden manifestar sus emociones abiertamente. Te hacen empatizar con el suceso que están retransmitiendo, implicándote en cierta manera. Por otro lado, son tantas las personas que pueden participar en esta retransmisión que manipular la realidad se convierte en una tarea complicada, y cuando algún medio de comunicación o algún político intentan dar otra versión de los hechos, su imagen, con su credibilidad, se desvanecen. Durante los últimos años, y en especial desde que surgió el 15-M, hemos vivido varios episodios de este tipo, especialmente cuando ha habido una carga policial de por medio. Las cargas no han sido más desproporcionadas que otras que se sucedieron en el pasado, pero por primera vez han desatado una indignación generalizada que se ha contagiado con una gran rapidez hasta a instituciones como Amnistía Internacional, quien denunció las cargas de los Mossos d’Esquadra de la mañana del 27 de mayo de 2011, que tuvo lugar con motivo del desalojo de los indignados de Plaça Catalunya. Otras veces, cuando estas cargas tenían lugar, la prensa podía desde desmentirlas hasta responsabilizar a los manifestantes por ellas, y convencer de ello a la opinión pública. Ahora muchos medios siguen insistiendo en ese intento de manipulación, pero lo que vemos es un ridículo constante. Es un intento desesperado por mantener un modelo de comunicación que ya no se sostiene. El conseller Felip Puig apareció tratando de desmentir una y otra vez que se hubiesen utilizado pelotas de goma en la zona en la que Esther Quintana se manifestaba el día de la huelga general del 14 de noviembre de 2012 donde perdió un ojo, mientras que numerosos vídeos tomados en ese mismo lugar mostraban cómo eran lanzadas. Puis llegó a afirmar que lo más probable es que su desgracia fuese a consecuencia de objetos que lanzaron los manifestantes. Cristina Cifuentes, delegada del gobierno en Madrid, ha tratado de criminalizar a manifestantes pacíficos una vez tras otra cuando las imágenes que veíamos mostraban en cambio un uso desproporcionado de la fuerza por parte de las Unidades de Intervención Policial (UIP), y hasta ha llegado a vincular a los activistas de la PAH con los terroristas del grupo ETA. Son todo intentos desesperados por defender una imagen que condene las protestas que, por su carácter mayormente pacífico, se han ganado el respeto de una gran parte de la población. Pero en el momento en que los narradores se encuentran involucrados en todos esos sucesos y los retransmiten al mismo tiempo que los medios tradicionales, y los demás ciudadanos nos vemos implicados con ellos por las similitudes que guardamos entre nosotros, cualquier esfuerzo por modificar la imagen recae plenamente, y de forma negativa, en la del propio manipulador, quien queda desacreditado. Se está librando una dura batalla por parte de los que ostentan el poder por tener el monopolio de las imágenes que se generan del mundo, pero las vías para conseguirlo escapan a su dominio.

1CASTELLS, Manuel. «Redes de indignación y esperanza».Alianza Editorial, Madrid, 2012. pp. 19 – 23.

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