El papel del simulacro en la “guerra de la información”

Manteniéndome en el hilo que abrió carreteravacia en su anterior entrada, Aprendiendo del espacio, quiero pasar a exponer brevemente el «simulacro» y sus consecuencias, que ella menciona en relación a la ciudad de Las Vegas de manos de Venturi.

Primeramente querría aclarar la distinción entre copia y simulacro según la definición que da Baudrillard en su escrito La precisión de los simulacros(1). Mientras que la copia es un doble de algo real, hace referencia a un original, el simulacro no: es hiperrealidad, producción de una existencia que nada tiene que ver con la realidad que, por otro lado, va nihilizando. El simulacro es «el poder mortífero de las imágenes, asesinas de lo real»(2). Algunos ejemplos de simulacros son los ya citados por carreteravacia como la ciudad de Las Vegas o Disneylandia, u otros como la información generada por los medios de comunicación de masas o muchos de los discursos políticos. El «simulacro» no se encuentra cerrado al ámbito de lo material, se extiende como un cáncer hacia el ámbito ideológico; he aquí la importancia de la estética: no es una disciplina encerrada en el ámbito artístico sino que está “contaminada”, tiene un carácter interdisciplinar y se interesa, por ejemplo, por las consecuencias que pueda tener el arte fuera del propio ámbito artístico, como puede ser el ámbito político, aquel que se genera en la vida cotidiana. Tenemos que ser capaces de comprender que la imagen no es inocente, y la imagen que se genera en nosotros sobre el mundo es determinante, por lo que hay que trabajar con rigor y responsabilidad sobre las consecuencias que de ésta puedan derivarse. Es por esta razón que resulta importante analizar el simulacro.

Las ciudades como Las Vegas o el parque de Disneylandia, del mismo modo que gran parte de la (des)información que encontramos en los mass media o en los discursos políticos, se nos vende como el modelo de la vida perfecta e ideal que es ya fáctico, nos lo presentan como una existencia realizada y crean de este modo un imaginario de lo real que nada tiene que ver con ésta y cuya única finalidad es, precisamente, ocultarla lanzando «una duda radical sobre el principio de realidad»(3). Este imaginario usurpa el espacio en el que vivimos, ocupa su lugar y baña todas nuestras interacciones sociales. Nuestras relaciones sociales pasan así a estar mediadas por las imágenes que del mundo se han generado, como apuntó Guy Debord en su obra La Sociedad del Espectáculo, las cuales no hacen sino invertirla(4). Poco a poco se va generando una suerte de mundo paralelo que nada tiene que ver con nada y que elimina cualquier retazo de realidad, generando un cúmulo de desinformación como otrora generase el trabajo una acumulación de capital, que acaba por presentarse ante nosotros como lo otro, como una alteridad, acabando en uno y otro caso en la enajenación: el ser humano termina por perder el sentido de sí mismo, acaba siendo negado. La diferencia, sin embargo, es sustancial: en el primer caso la enajenación se produce en la totalidad de nuestras vidas frente al segundo caso donde sólo se daba durante las horas de trabajo, manteniéndose el espacio del ocio libre de esta contaminación, según el propio Marx(5). El problema del simulacro es precisamente que genera una imagen del mundo, y la imagen que del mundo manejamos es la que precisa el modo en el que entendemos las cosas y por tanto interaccionamos con ellas, teniendo consecuencias en todas las esferas de nuestras vidas.

La superación de una imagen del mundo fruto del simulacro no es fácil, sin embargo hemos empezado a verla en la mal llamada guerra de la información que se está librando mayormente en el espacio virtual (quién nos iba a decir hace unos años que la virtualidad saldría en defensa de lo real). Digo mal llamada no porque no sea una guerra, sino porque no se está combatiendo por la información, al menos no en ambos lados: mientras que por uno se lucha por acabar con los simulacros, por el otro se lucha para poder mantenerlos, para conquistar el monopolio del imaginario de lo real. El resultado de esta guerra determinará el modo en el que se comprenda el mundo, dirigiéndonos o bien hacia un mundo donde impere la información, donde encontremos responsabilidad, análisis e investigación en los temas que se traten, permitiendo el florecimiento del librepensar, o bien hacia una simulación de éste donde impere el adoctrinamiento y el librepensamiento no sea tanto un delito como una imposibilidad al más puro estilo de Huxley en su brillante obra Un mundo feliz. Naturalmente los gobiernos saben lo que se juegan, se trata de que los ciudadanos también lo hagan y tomen parte, y por suerte para la información, parece que empieza a ser así.

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1. BAUDRILLARD, Jean: Cultura y Simulacro. La precisión de los simulacros. Editorial Kairós, Barcelona, 2008, pp. 7 − 80

2. Ibíd., p. 17

3. Ibid., p. 34

4. DEBORD, Guy: La sociedad del espectáculo. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2010, p. 38

5. MARX, Karl: Manuscritos economía y filosofía. Alianza Editorial, Madrid, 1989, p. 109

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Anónimo
    Jun 20, 2012 @ 23:05:15

    Me encantó tu post. Hoy lo he estado releyendo otra vez y me he dado cuenta de un ligero detalle. El capítulo que citas de Cultura y Simulacro de Baudrillard, es La Precesión de los simulacros.

    Salvo eso, un texto genial ;)

    Responder

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