Amor se escribe con erotismo

Despertarme con tu imagen, sonriente, caliente, es un despertar que adoro y poco raro. Hay veces en que, aun sabiendo perfectamente que no estás a mi lado, te veo con claridad y cierro los ojos serena y con un sentimiento de plenitud que me embriaga. Te huelo sin que esté tu perfume entre mis sábanas. Otras las rocío con él.

Recuerdo perfectamente el día en que, muy al inicio de nuestros primeros encuentros, me llenaste la almohada de mi antiguo cuarto con tu perfume mientras reías comentando la estela que me dejabas para el recibimiento de mis amantes. Fingí una protesta mientras te sonreía, divertida por tu ocurrencia y feliz de saber que te olería al caer la noche y no encontrarte en ella.

Mientras te huelo mentalmente por las mañanas paso la mano por mis senos y la bajo hasta mi sexo, acariciando suave el vientre. Una caricia propia tiene un efecto muy minado al lado de la caricia de otra persona, pero la imaginación es una locura que hace milagros. Imagino tus manos, cuyos detalles conozco al milímetro, y me humedezco al instante. Acaricio mi clítoris mientras imagino que es tu lengua que me lame con movimientos suaves y firmes, mientras va degustando mis fluidos. Acelero los movimientos y te imagino penetrándome con fuerza, sujetándome las piernas, entrando con ayuda de la gravedad hasta lo más profundo. Todavía no me quiero correr.

Bajo mis dedos hasta mis labios menores y compruebo con un dulce estremecimiento que estoy muy mojada. Me imagino sobre ti diciéndote que te voy a empapar la polla, y me enciendo pensando qué sentirás tú en esos momentos. Te veo diciéndome que estoy ardiendo, que entras muy suave.

Cierras los ojos por un instante. ¡Eres tan bonito!

Vuelvo a acariciar mi clítoris con suavidad pensando en tu persona, y ese imán que me mantiene enamorada consigue mojarme más que las escenas de sexo imaginadas. Siempre que estamos sobre un colchón me miras de un modo que me transmites ternura infinita. Me siento fuerte, segura, libre.

Tu mirada no juzga nada. Observa. Ama… con todo el sentido de la palabra amar.

Sabes vivir el presente y eso te permite liberarte de perseguir un fin a costa de lo demás. Disfrutas las miradas, disfrutas los besos, disfrutas las caricias y cada movimiento. El sexo que más me gusta contigo es el que hacemos muy despacio, pero me calienta tanto que acabo por perder el control y abandonarme al sexo duro. Creo que he olvidado cómo alargar los momentos.

Enamoras mi ser y eso acaba por convertirme en un animal salvaje atado a las leyes naturales. Me excitas tanto que llegado determinado punto sólo deseo que te corras mucho y muy dentro, y todas las consecuencias me parecen entre irrelevantes y atractivas. Mi parte animal no deja de susurrarme para seguir con el ciclo natural del devenir de las cosas naturales. Mi parte racional me advierte, aunque es absolutamente seducida por la parte animal.

Al final todo queda en tus manos, que juegas como yo a andar sobre la cuerda floja. Juegas a llevarnos al límite, e intensifico la dificultad entrando en trance cuando tus gestos me señalan que empiezas a perder el control.

Al final me corro intensamente con ese pensamiento en mente, y aprovecho las nulas consecuencias reales de la imaginación para rebasar ese límite y sentir materialmente tu semen entrando en el interior de mi útero. Siento entrar a un montón de semillas en tierra fértil, en un espacio caliente y acomodado para su recepción más tierna.

Siento que tu ser penetra realmente en mi cuerpo, y que pasa a formar parte de él. Siento que alcanzas cierta inmortalidad, y que yo la alcanzaré también con ella. El orgasmo me deja anulada todavía unos segundos después de sentirlo, y puedo percibir que algunas de mis extremidades tiemblan.

Me gusta pensar en la divinidad del sexo, y contigo es un placer inmenso. Porque siento que me amas y eso me da libertad, porque siento que te amo y eso me vuelve abierta a todo. Porque me cuidas y haces que me sienta intrépida, porque me aceptas y haces que entienda que todo es posible, porque no hay imposible planteable para una felicidad que ya es plena.

Porque el hombre que yace junto a mí y me demuestra su amor de forma tan sincera, es el mismo hombre que fuera lucha a mi lado contra las injusticias. Con mayores y menores éxitos, con momentos mejores y peores, pero con una constante intencionalidad férrea y honesta que le devuelve a mi vida toda la humanidad que se ve desvanecida en la lógica del Sistema.

Las 21:30h. del 6 de mayo, mi cumpleaños

¡Felicidades! siempre sabía qué venía después de aquella palabrita que me soltabas con apremio, como si te sintieras orgullosa de que estuviera creciendo un año más—. No te he llamado antes porque naciste a las 21:30h. A las 16:30h. he llamado a tu hermana.

Porque eso lo tenías muy claro: mi cumpleaños no era hasta las 21:30h. del 6 de mayo, ni antes ni después. Ese fue el momento exacto en que por fin terminaste aquel parto tan desastroso y aparecí yo, con un frondoso pelo en punta que tardaría varios días en responder a la ley de la gravedad, y un dedo amoratado por tanto giro de último momento todavía en tu interior. Justo 5 horas después del onceavo cumpleaños de mi hermana, que nació a las 16:30h. de otro 6 de mayo. Ni antes ni después.

Tauro ascendente escorpio, dos signos complementarios —aquello pareció ser siempre importante para ti.  Para mí, sigue siendo una extravagancia más de las muchas que siempre tuviste, pero mentiría si dijera que no calculo el signo de cada persona que me dice cuándo es su cumpleaños con total destreza y sin que nadie lo perciba. Qué cosas.

No habías cumplido ni los 18 y te escapaste de casa. Te fuiste, no me queda muy claro cómo, desde Vigo hasta las fiestas de Pamplona. Y allí, durmiendo en un banco de una calle cualquiera, conociste al padre de mi hermana mayor. Eran los 70 y las mujeres necesitaban del permiso de un hombre para circular libremente, pero a ti eso te traía sin cuidado. Ya de niña apuntabas maneras. Con 12 añitos, las monjas del colegio os pidieron que hicierais una redacción sobre lo que pensabais de Franco y tú fuiste honesta, la única forma de ser que has conocido. Una llamada alertó a tu padre aquella mañana, a quien casi se le paró el corazón cuando la Superiora le dijo escandalizada que o te llevaban a un psiquiatra o llamaban a la policía… ¡qué locura de tiempos! Por suerte diste con un médico que se descojonó ante la situación y al que le caíste simpática. Te prometiste que no nos meterías jamás en aquel mundo, y hoy sigo siendo una completa ignorante en materia religiosa. No me arrepiento en absoluto de ello, pese a mis momentos de dudas. Después de estudiar 5 años en Salamanca he comprendido que es mucho mejor así.

Pronto te pusieron un ultimátum, y ante el miedo de perder tu amada libertad, decidiste casarte. Pero sabías muy bien lo que hacías y con quién lo hacías. Según unos papeles, pasaste a ser la mujer de aquel hombre que conociste en Navarra, pero en la práctica seguiste siendo la mujer de nadie, una jovencita muy libre que se hizo hippie al lado del que sería un buen amigo para el resto de tu vida. Os fuisteis a Barcelona buscando un barco que zarpara a Ibiza pero sólo quedaba uno con destino a Menorca. Ni siquiera sabías que aquella isla existía en aquel momento, pero estabas viviendo tu propia aventura.

Mi hermana mayor dio sus primeros pasos en una comuna. Erais varias personas pintorescas viviendo en un caserón en medio de un camino rural a vuestro aire. Ni siquiera os enterasteis de la ansiada muerte de Franco llegado el momento, y lo celebrasteis con champagne a destiempo, a vuestro tiempo. Te salí crítica. Si las personas valientes estabais ocupando un mundo paralelo, ¿cómo iba a cambiar la sociedad?

Mamá, los sucesos de Vitoria, ¿no los conoces? ¿cómo puedes no saber eso? ¿por qué me acabo de enterar? ¿es que nadie pensaba explicarme lo que ocurrió en la “Transición”? ¿Qué hicisteis, mamá, por qué aceptasteis unas condiciones que suponían agachar la cabeza y seguir tragando mierda, teniendo encima que dar las gracias por ello?

Te sorprendiste, lo meditaste y me diste la razón. Pero hoy ya no la quiero. Existen muchos modos de vivir y el tuyo, por el momento, ha cambiado más cosas de las que por entonces podía imaginar.

Tú nunca te callaste una sola opinión, pero jamás predicaste nada más allá de tus actos. Cuando a los 16 años llegué a casa y dejé un carné de la CNT sobre la mesa y te dije que la habíamos refundado después de años desaparecida en la isla, y que con ello podríamos recuperar un montón de documentos históricos que estaban criando polvo en la biblioteca, sonreíste.

—Yo fui de la CNT.

¡Venga ya! Eso es imposible.

Bueno, tienes parte de razón. La CNT, como bien dices, no existía en Menorca, pero estuve en contacto con la de Barcelona cuando empecé a trabajar en correos. Finalmente, me afilié a la CGT, que era desde donde podía operar. No había ni un solo sindicalista en mi trabajo, ¿sabes? La gente de correos me cogió mucho cariño.

Fuiste la primera mujer que cargó sacas en Mahón o algo así. Hay una foto tuya en el periódico local metiéndolas en un camión. Eso vino después de la comuna. Sí que luchaste, pero no me lo habías contado porque no tenías necesidad. Tu lucha era diaria y es de esa de la que he aprendido. En correos, fuiste sindicalista y conociste a mi padre.

¿Por qué papá?

Porque era guapísimo, era el hombre más guapo que había.

Y por eso papá, que ni era hippie ni era sindicalista, pero mide 1’85, tiene los ojos grises, ya por aquellos años gastaba una preciosa media melena negra y blanca pese a su juventud, y entonces, todavía, siempre estaba gastando bromas. Papá era de Mahón, el pequeño de 4 hermanxs, un chico de ínsula que retaba lo establecido desde una tímida postura provocadora. Para él, salir contigo, la forastera hippie que tenía una hija sin marido aparente, en boca de todos en un lugar tan pequeño, fue su gran desafío al status quo.

¿Por qué mamá?

Porque era rara, la chica más rara que apareció por allí, y eso las hacía rabiar a todas.

De esa combinación sólo podía nacer yo.

Yo crecí en una casa con patio, mi casa. Primero fuimos mi hermana Paula, tú y yo, y después solamente tú y yo. No recuerdo que hicieras gala de grandes alegatos feministas, pero ahí estabas, a tu aire como siempre. Conociste a varios hombres maravillosos, y compartiste con ellos el tiempo justo en que participasteis de un amor mutuo y sin barreras. Cuando hace dos veranos la quimioterapia, ese grandísimo y tremendo error en un cáncer en fase 4 o terminal, aceleró a pasos agigantados tu muerte jodiendo insoportablemente tus últimos días, estaban todos a nuestro lado. Siempre se llevaron bien entre ellos, con sus más y sus menos a lo largo del tiempo. Hoy no dejo de leer discursos sobre el amor libre, madre, pero creo que un buen amigo mío tiene toda la razón del mundo, que mi generación ha salido especialmente, y sorprendentemente, mogigata. Hay muchas inseguridades y no acierto a entender los motivos. Y mucha autocompasión, madre.

¡Si supieran que con 36 años tú tuviste un ictus que te paralizó por completo el brazo derecho y te dejó una cojera permanente y no dejaste ni de vivir ni de sonréir un maldito instante! El primer mes estuviste deprimida, ¿recuerdas? Yo apenas no, porque tenía 4 añitos de edad, pero recuerdo a papá riñéndome cuando me enfadé contigo por no responderme cuando me pasaron al teléfono. Habías perdido el habla. Yo era consciente de que estabas llorando en silencio al otro lado del teléfono, desde el hospital, pero tenía miedo y era más fácil enfadarme contigo que enfrentar aquello. Aguanté la bronca de mi padre con estoicismo y me alejé de aquella escena. Lxs niñxs no son tontxs, no entiendo por qué tanta gente lo olvida al crecer.

Luchaste como nadie y volviste a andar aunque no pudiste volver a correr, y volviste a hablar aunque confundieras permanentemente las palabras.

Enciende la puerta.

Abre, mamá, se dice abre. Voy.

Cierra la luz.

—Apaga, mamá.

Te partías de risa. Siempre eran las mismas confusiones pero te parecían divertidas, y todavía te parecía más gracioso que yo tratara de corregir aquello constantemente. Lo cierto es que me dio un extraño don con el que entiendo a la gente cuando se expresa mal o directamente no lo hace. Amigos medio asperger como Juan lo agradecen un montón :-)

Pasé aquel mes en casa de la abuela con papá, donde un cuadro de Jesucristo con el corazón fuera del pecho, atravesado por un puñal y en llamas, que no había visto jamás, me horrorizó de por vida. Todavía lo tengo grabado en la mente. No me extraña que quisieras salvarnos de todo aquel mundo. Después, volví a casa con Paula y contigo. Paula tenía 15 añitos y tuvo que ayudarte muchísimo al principio. Era quien me vestía y trataba de peinarme cuando me dejaba, que no era usualmente. Al colegio llevaba el pelo echo un desastre y mis compañerxs me llamaban piojosa. Aprendí a hacerme amiga de lxs desheredadxs de las pequeñas historias.

Poco después Paula voló del nido y nos quedamos nosotras. Ya no necesitabas ayuda para prácticamente nada: tú solita te ponías las lentillas, nos cocinabas, comprabas. Invalidez permanente del 67% pero para trabajar, porque para vivir sólo necesitabas ayuda para dos cosas: para pelar las patatas y para abrir las latas. Los cordones te los atabas con los dientes y tu mano buena que, por cierto, era la izquierda, cuando tú habías sido diestra toda tu vida.

Todas aquellas cosas nos marcaron, ahora me doy cuenta. Llevo un tiempo concienzándome sobre todo esto. A los 15 años me enamoré de un punki catalán con una impresionante cresta y conseguí meterlo en casa todo el verano, de eso sí que no te olvidaste nunca. Hablé con él no hace mucho, y le impresionó saber de tu muerte. Te tenía mucho cariño, y pensaba pasar a saludarte el día que volviera a la isla. A los 16 te dije que estaba con un chico de 27, y es que tendrás que reconocerme que tu propia libertad hizo que te vieses en situaciones de vértigo como madre. Pero ya ves, Jordi acabó siendo como de la familia. Y es que aunque siempre me atrajeron los imposibles, o quizás mejor dicho las provocaciones, deje que me ha dejado papá, no he establecido una sola relación sexoafectiva sin que haya una buena amistad de por medio. Mis parejas siempre han sido y serán mis mejorxs amigxs. Y así, a los 19 me marché con él a Salamanca, después de pasarme el verano trabajando y ahorrando.

Estudié Filosofía becada de principio a fin y determiné que quería seguir. Volví a tener beca para el máster de acceso al doctorado y llegado el momento me vi en una encrucijada: o seguía becada en un plan de estudio ajeno a mis intereses o me aventuraba a investigar sobre lo que quería sin ver un duro. Gracias por haber sido coherente toda tu vida porque no fue necesario que nadie me dijera nada. Elegí la segunda opción y me volví a Menorca a buscar a trabajo mientras trataba de compaginar la tesis. Me metí en Ryanair, otro gran error. Menos mal que de ellos aprendemos.

Fui azafata de tierra y de la noche a la mañana me hicieron dispatcher sin formación alguna. No me aumentaron el sueldo, y no sé que me ocurrió en aquella época que ni me preocupé por cambiar aquella injusta realidad. La ansiedad, había comenzado a sentir ansiedad por primera vez en toda mi vida. Maldije el momento en que me prometí que no volvería a ponerme detrás de una barra y que me hizo acabar allí después de 6 veranos de camarera.

Todo empezó con aquello de maltratar a la gente. Que me maltrataran a mí era una decisión personal, pero que tuviésemos que cobrarles 70 euros a quienes no habían impreso su tarjeta de embarque, 50 euros a los que llevaban un segundo bulto de mano o uno demasiado grande, o 20 euros por cada kilo extra de su equipaje facturado, sencillamente me mataba. Lo de la tarjeta de embarque era un tú o yo, porque o me la pagaba el cliente o me la descontaban de mi precario sueldo al reimprimirla con mi número de agente. Con lo demás se podía hacer la vista gorda y la hacía siempre. ¿Pero mis compañeras? Lo peor de trabajar en Ryanair no fue el timo que supone para tantas personas que desconocen sus condiciones, fue que al resto de trabajadoras les pareciera espléndido e incluso una competición por ver quién “multaba” más. Qué asco, madre, qué verdadero asco. La gota que colmó el vaso fue cuando llegó un avión retrasado de East Middle, cómo para olvidarlo. Ya era distpacher, la responsable número 1 de lo que les sucediera a los aviones que despachaba por 400 euros al mes, pero eso no me eximía del resto de tareas: aquel día había estado en facturación, había subido corriendo a embarques, y tal que se abrieron las puertas del avión me abalacé a la cabina de mandos. Eran ingleses, necesitaban repostar y salir ya porque sino les tocaría pasar noche debido al retraso que ya acumulaban. Venían con un par de personas en sillas de ruedas. Cogí los datos del vuelo, realicé las llamadas oportunas y se juntó todo: la gente encargada del combustible estaba en otros vuelos y los PMR sobrepasados. No podía comenzar el embarque, y hasta que no estuviera efectuado no podía hacer la hoja de carga. El piloto estaba de mala hostia. Cuando finalmente acabé, había un fallo en la hoja que entregué. Me había dados unos datos de combustible de entre dos datos posible, y por inercia puse el otro que era el más habitual. Me trató de estúpida, como si no entendiera su idioma falocentrista, y lo hizo a gritos. Nunca he soportado eso. Levanté la voz por encima de la suya y a saber qué le dije. Su cara se puso roja y exigió que viniera otra responsable. Salí de la cabina de un portazo y el azafato me dijo que me calmara. Supongo que le miré con ira, porque se apartó de mi camino y salí de aquel avión echando chispas. Subió otra responsable y se hizo cargo del vuelo. El comandante le dijo que me pidiera disculpas. Y no recuerdo mucho más… Luego estaba en un coche, conducía yo y algo pasó. Y estallé. Empecé a hiperventilar al volante, se me durmió la mano derecha. No recuerdo llegar a casa, ni que me llevaran al centro médico de Dalt Sant Joan, sólo que una enfermera me dijo que me tomara una mierda de alprazolam, que no había tomado jamás, y que llorara. Que me soltara. Lo que sí recuerdo es que cuando estaba de vuelta en casa, medio ida en el sofá, drogada contra mi voluntad algo que siempre he detestado aunque se trate de cuestiones médicas—, cogiste el teléfono y llamaste a mi jefa. No era tu responsabilidad y nunca te habías hecho cargo de nuestros problemas, pero en ese momento cogiste el teléfono, llamaste a mi jefa, y le dijiste muy seriamente, profundamente enfadada, que al día siguiente no iría a trabajar. Colgaste, me miraste.

Se acabó, Estela. Deja el trabajo.

Pero mamá, tengo que trabajar, además sabes que me quiero ir a Madrid, que hay un máster que me viene muy bien para el doctorado.

Ese “tengo que trabajar” te patinó como la mierda. Qué suerte he tenido de no haber mamado esa costumbre tan luterana de rendirle culto al trabajo.

Tú lo que tienes que hacer es que estudiar, y tu padre y yo te podemos ayudar y lo sabes.

Aquello también era cierto y otra suerte, porque aunque siempre tuvisteis unos sueldos bastante ajustados, habéis tenido sueldos, y la universidad no es para el hijo del obrero despedido. Trabajé para conseguir otra beca para el máster en Madrid y me vine con vuestra indispensable ayuda. Y yo qué sé, es que entonces fue todo tan rápido… Conocí a gente fantástica y por fin encontré una lucha bien organizada que me llenaba. Pasaba más tiempo en las calles, en manifestaciones y parando desahucios, que estudiando, pero seguía cumpliendo con enorme destreza con mis obligaciones personales, que para algo eran buscadas y dulcemente autoimpuestas. Aparecieron Vega y Giovanni, y luego Irene. Apareció otra mucha gente, y algunas de esas personas me siguen manteniendo sin palabras porque, como tú, no las necesitan para emprender la principal de todas las luchas. Pero en mitad de todo eso llegó el cáncer, volví a la isla, te vi apagarte. Sé que hubo momentos muy bonitos, todos gracias a tu postura ante la vida que hizo que tus múltiples amigxs nos acompañaran día a día. Pero sufriste lo indecible, madre, y nosotras contigo. El equipo de paliativos, cuando decidiste dejar una quimioterapia que sólo te brindaba unos escasos meses más de vida, pero en condiciones nefastas, no estuvo a la altura. Los medicamentos no te llegaban. Recuerdo las largas noches de alaridos y un vacío insondable en mi alma. Dejé de sentir por pura supervivencia, pero sabía que tú no podías dejar de hacerlo. Y quizás no dejé de sentir ni un solo instante, porque el año siguiente no soportaba la idea de pisar Menorca. El simple pensamiento me evocaba siempre a una única imagen, la mía irrumpiendo en el hospital echa una furia, exigiendo responsabilidades. ¿Pero a quién, madre? ¡CUATRO, CUATRO MÍSERAS PERSONAS en el equipo de paliativos encargado de la isla entera! Los recortes en sanidad no tienen perdón, y no me preguntes cómo pueden seguir votando al PPSOE tantos millones de personas porque yo tampoco puedo entenderlo, ¡joder!

Después de aquel verano pasé un año muy raro en el que creía que estaba bien pero sólo recordaba aquello. Dejé la tesis porque no podía hacer nada, lo dejé todo. Y en mitad de las noches, cuando por fin parecía que el sueño se dignaba a hacer acto de presencia, te escuchaba gritar. Te escuchaba gritar y mis ojos se abrian como platos y se me helaba la sangre, y luego mis dientes se apretaban y mis puños se cerraban con fuerza, y entonces lloraba con rabia. Me levantaba, me duchaba. Me duchaba miles de veces, como si así pudiera eliminar los recuerdos. La muerte es perfectamente aceptable, pero el dolor es inaguantable. Y por culpa de esta sociedad pabibunda no existe ninguna salida posible a determinadas situaciones horrendas que espero que la mayoría nunca lleguen a conocer.

He pensado miles de veces en escribir estas últimas líneas y hasta ahora nunca había podido. Demasiada rabia, demasiado dolor. O me salían demasiado descriptivas las últimas noches de verano, o se apreciaba demasiada inquina contra un equipo de profesionales que se limitaba a hacer su trabajo aunque alguna todavía hoy no se la paso. Mis líneas nunca conseguían consistencia. Y ahora, que no estaba pensando en hacerlo, que sólo quería hacer un gesto bonito evocándote a las 21:30h. del 6 de mayo como en el pasado, ha salido todo. No es un relato desgarrador, es un relato duro pero tierno, la única forma de escribir que me representa siendo hija tuya. Y me gusta, con lo que seguiré adelante dejando constancia, por fin, de todo ello, siempre en la medida en que venga a mi mente y mis dedos quieran deslizarse con ese pensamiento por el teclado.

Hoy me encuentro muy bien y comprendo muchas cosas. Comprendo que ese único mes que estuviste deprimida cuando sufriste el ictus fue en realidad un tiempo más extenso. También hay quienes piensan que mi depresión duró apenas un mes porque, como tú, tengo facilidad para seguir para adelante y sonreír. No como desafío contra el destino o algo así, sino simplemente porque hay infinitos motivos para hacerlo y así es como lo he sentido siempre. Fingirlo sólo haría las cosas más difíciles, las apariencias atraen desgracias.

Hace apenas unos meses que aprendí a decir que estaba mal y que muchas de mis reacciones eran injustas pero inevitables, y le escribí todo un librito sobre esto y otros menesteres a mi mejor amigo para que pudiera entenderme y echarme una mano. Por fin he aprendido que nadie es adivinx y que si se quiere ayuda primero hay que saber pedirla. Conozco a gente fabulosa, y creo que quienes no lo han hecho es porque no se han atrevido a ser sinceras. No es sencillo, y no existen palabras para realizar ese aprendizaje. A mí me valió tu ejemplo.

Hoy me encuentro muy bien y sigo con la tesis. Después de perder prácticamente un año sin darme cuenta, porque escribir escribía pero solo basura, tuve un momento de dudas. No sabía si continuar o dejarlo, ¡me estaba rindiendo! Paula me dijo que te había prometido antes de morir que acabaría el doctorado. Cuando me lo contó sentí que aquella era una presión horrible. Pero ahora recuerdo otras cosas, recuerdo cómo mandaste a la mierda a mi jefa y me dijiste que yo lo que tenía que hacer era estudiar si eso era lo que me gustaba, y que me centrara porque me lo había currado. Y es verdad, me lo he currado mucho. He amado mi carrera desde el primer año, cosa que parece un privilegio en estos tiempos, y ahora tengo la tesis perfectamente encaminada.

No te voy a negar que echo muchísimo de menos las calles. Ha sido recuperarme y pegarme un trastazo de tres pares de cojones que me ha postrado unos meses en casa, pero de eso también me he recuperado ya. Y mayormente sola, madre, porque tu solo modelo ha hecho lo imposible. Me cuidaron las primeras semanas pero no tardé en querer recuperar mi autonomía, y ya mes ves, con la pierna escayolada pegando saltitos sola por casa. Cada vez que venía unx amigx a verme tenía que pedirle alguna cosa del supermercado, porque con dos muletas no se puede transportar nada. Me he acordado mucho de ti, pensaba en cómo debieron ser tus primeros pasos tras el ictus… ¡Menos mal que yo no he tenido dos niñas pequeñas a mi cargo! Qué valor tuviste siempre. El caso es que entre una cosa y otra, he cogido el ritmo correcto de estudio y las horas se me pasan volando frente al ordenador. He abandonado esa otra parte que tanto me llena y que es precisamente la de la lucha en la calle, pero no por un deber divino o social sino autoimpuesto. Y es que así, madre, todo se hace con mucho gusto aun cuando no apetece, porque comprendes que sigues batallando, que es el único modo de hacerlo. Que la lucha consiste en esto, en saber ser consecuente. Que hay muchos frentes abiertos, pero todos parten de este mismo punto.

Cuando esto se publique yo estaré por ahí perdida, cumpliendo 28 años a las 21:30h. de otro 6 de mayo. Paula cumplió 39 hace 5 horas. ¿Y sabes qué? Que has hecho maravillas. Nos diste abrigo y mimo, pero nunca dejaste de vivir a tu aire. No nos sermoneaste sobre los caminos a escoger, llegado nuestro momento simplemente nos dejaste volar. A quien no se le impone o facilita un modelo, aprende a currárselo solo. Hoy me parece de cajón, pero todavía es mayoritaria la tendencia a tratar de transmitir valores por medio de la palabra. Es un saber que había estudiado, pero que ciertamente no se asimila hasta que lo has vivido y vuelto sobre él en cierta forma de autoconsciencia. Y no tengo palabras para agradecértelo, porque en gran parte es obra tuya. Lo demás me lo agradezco a mí misma, que soy perfectamente digna de ti. Hoy todas tus hijas son libres, mamá. Gracias, gracias de verdad.

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