Las 21:30h. del 6 de mayo, mi cumpleaños

¡Felicidades! siempre sabía qué venía después de aquella palabrita que me soltabas con apremio, como si te sintieras orgullosa de que estuviera creciendo un año más—. No te he llamado antes porque naciste a las 21:30h. A las 16:30h. he llamado a tu hermana.

Porque eso lo tenías muy claro: mi cumpleaños no era hasta las 21:30h. del 6 de mayo, ni antes ni después. Ese fue el momento exacto en que por fin terminaste aquel parto tan desastroso y aparecí yo, con un frondoso pelo en punta que tardaría varios días en responder a la ley de la gravedad, y un dedo amoratado por tanto giro de último momento todavía en tu interior. Justo 5 horas después del onceavo cumpleaños de mi hermana, que nació a las 16:30h. de otro 6 de mayo. Ni antes ni después.

Tauro ascendente escorpio, dos signos complementarios —aquello pareció ser siempre importante para ti.  Para mí, sigue siendo una extravagancia más de las muchas que siempre tuviste, pero mentiría si dijera que no calculo el signo de cada persona que me dice cuándo es su cumpleaños con total destreza y sin que nadie lo perciba. Qué cosas.

No habías cumplido ni los 18 y te escapaste de casa. Te fuiste, no me queda muy claro cómo, desde Vigo hasta las fiestas de Pamplona. Y allí, durmiendo en un banco de una calle cualquiera, conociste al padre de mi hermana mayor. Eran los 70 y las mujeres necesitaban del permiso de un hombre para circular libremente, pero a ti eso te traía sin cuidado. Ya de niña apuntabas maneras. Con 12 añitos, las monjas del colegio os pidieron que hicierais una redacción sobre lo que pensabais de Franco y tú fuiste honesta, la única forma de ser que has conocido. Una llamada alertó a tu padre aquella mañana, a quien casi se le paró el corazón cuando la Superiora le dijo escandalizada que o te llevaban a un psiquiatra o llamaban a la policía… ¡qué locura de tiempos! Por suerte diste con un médico que se descojonó ante la situación y al que le caíste simpática. Te prometiste que no nos meterías jamás en aquel mundo, y hoy sigo siendo una completa ignorante en materia religiosa. No me arrepiento en absoluto de ello, pese a mis momentos de dudas. Después de estudiar 5 años en Salamanca he comprendido que es mucho mejor así.

Pronto te pusieron un ultimátum, y ante el miedo de perder tu amada libertad, decidiste casarte. Pero sabías muy bien lo que hacías y con quién lo hacías. Según unos papeles, pasaste a ser la mujer de aquel hombre que conociste en Navarra, pero en la práctica seguiste siendo la mujer de nadie, una jovencita muy libre que se hizo hippie al lado del que sería un buen amigo para el resto de tu vida. Os fuisteis a Barcelona buscando un barco que zarpara a Ibiza pero sólo quedaba uno con destino a Menorca. Ni siquiera sabías que aquella isla existía en aquel momento, pero estabas viviendo tu propia aventura.

Mi hermana mayor dio sus primeros pasos en una comuna. Erais varias personas pintorescas viviendo en un caserón en medio de un camino rural a vuestro aire. Ni siquiera os enterasteis de la ansiada muerte de Franco llegado el momento, y lo celebrasteis con champagne a destiempo, a vuestro tiempo. Te salí crítica. Si las personas valientes estabais ocupando un mundo paralelo, ¿cómo iba a cambiar la sociedad?

Mamá, los sucesos de Vitoria, ¿no los conoces? ¿cómo puedes no saber eso? ¿por qué me acabo de enterar? ¿es que nadie pensaba explicarme lo que ocurrió en la “Transición”? ¿Qué hicisteis, mamá, por qué aceptasteis unas condiciones que suponían agachar la cabeza y seguir tragando mierda, teniendo encima que dar las gracias por ello?

Te sorprendiste, lo meditaste y me diste la razón. Pero hoy ya no la quiero. Existen muchos modos de vivir y el tuyo, por el momento, ha cambiado más cosas de las que por entonces podía imaginar.

Tú nunca te callaste una sola opinión, pero jamás predicaste nada más allá de tus actos. Cuando a los 16 años llegué a casa y dejé un carné de la CNT sobre la mesa y te dije que la habíamos refundado después de años desaparecida en la isla, y que con ello podríamos recuperar un montón de documentos históricos que estaban criando polvo en la biblioteca, sonreíste.

—Yo fui de la CNT.

¡Venga ya! Eso es imposible.

Bueno, tienes parte de razón. La CNT, como bien dices, no existía en Menorca, pero estuve en contacto con la de Barcelona cuando empecé a trabajar en correos. Finalmente, me afilié a la CGT, que era desde donde podía operar. No había ni un solo sindicalista en mi trabajo, ¿sabes? La gente de correos me cogió mucho cariño.

Fuiste la primera mujer que cargó sacas en Mahón o algo así. Hay una foto tuya en el periódico local metiéndolas en un camión. Eso vino después de la comuna. Sí que luchaste, pero no me lo habías contado porque no tenías necesidad. Tu lucha era diaria y es de esa de la que he aprendido. En correos, fuiste sindicalista y conociste a mi padre.

¿Por qué papá?

Porque era guapísimo, era el hombre más guapo que había.

Y por eso papá, que ni era hippie ni era sindicalista, pero mide 1’85, tiene los ojos grises, ya por aquellos años gastaba una preciosa media melena negra y blanca pese a su juventud, y entonces, todavía, siempre estaba gastando bromas. Papá era de Mahón, el pequeño de 4 hermanxs, un chico de ínsula que retaba lo establecido desde una tímida postura provocadora. Para él, salir contigo, la forastera hippie que tenía una hija sin marido aparente, en boca de todos en un lugar tan pequeño, fue su gran desafío al status quo.

¿Por qué mamá?

Porque era rara, la chica más rara que apareció por allí, y eso las hacía rabiar a todas.

De esa combinación sólo podía nacer yo.

Yo crecí en una casa con patio, mi casa. Primero fuimos mi hermana Paula, tú y yo, y después solamente tú y yo. No recuerdo que hicieras gala de grandes alegatos feministas, pero ahí estabas, a tu aire como siempre. Conociste a varios hombres maravillosos, y compartiste con ellos el tiempo justo en que participasteis de un amor mutuo y sin barreras. Cuando hace dos veranos la quimioterapia, ese grandísimo y tremendo error en un cáncer en fase 4 o terminal, aceleró a pasos agigantados tu muerte jodiendo insoportablemente tus últimos días, estaban todos a nuestro lado. Siempre se llevaron bien entre ellos, con sus más y sus menos a lo largo del tiempo. Hoy no dejo de leer discursos sobre el amor libre, madre, pero creo que un buen amigo mío tiene toda la razón del mundo, que mi generación ha salido especialmente, y sorprendentemente, mogigata. Hay muchas inseguridades y no acierto a entender los motivos. Y mucha autocompasión, madre.

¡Si supieran que con 36 años tú tuviste un ictus que te paralizó por completo el brazo derecho y te dejó una cojera permanente y no dejaste ni de vivir ni de sonréir un maldito instante! El primer mes estuviste deprimida, ¿recuerdas? Yo apenas no, porque tenía 4 añitos de edad, pero recuerdo a papá riñéndome cuando me enfadé contigo por no responderme cuando me pasaron al teléfono. Habías perdido el habla. Yo era consciente de que estabas llorando en silencio al otro lado del teléfono, desde el hospital, pero tenía miedo y era más fácil enfadarme contigo que enfrentar aquello. Aguanté la bronca de mi padre con estoicismo y me alejé de aquella escena. Lxs niñxs no son tontxs, no entiendo por qué tanta gente lo olvida al crecer.

Luchaste como nadie y volviste a andar aunque no pudiste volver a correr, y volviste a hablar aunque confundieras permanentemente las palabras.

Enciende la puerta.

Abre, mamá, se dice abre. Voy.

Cierra la luz.

—Apaga, mamá.

Te partías de risa. Siempre eran las mismas confusiones pero te parecían divertidas, y todavía te parecía más gracioso que yo tratara de corregir aquello constantemente. Lo cierto es que me dio un extraño don con el que entiendo a la gente cuando se expresa mal o directamente no lo hace. Amigos medio asperger como Juan lo agradecen un montón :-)

Pasé aquel mes en casa de la abuela con papá, donde un cuadro de Jesucristo con el corazón fuera del pecho, atravesado por un puñal y en llamas, que no había visto jamás, me horrorizó de por vida. Todavía lo tengo grabado en la mente. No me extraña que quisieras salvarnos de todo aquel mundo. Después, volví a casa con Paula y contigo. Paula tenía 15 añitos y tuvo que ayudarte muchísimo al principio. Era quien me vestía y trataba de peinarme cuando me dejaba, que no era usualmente. Al colegio llevaba el pelo echo un desastre y mis compañerxs me llamaban piojosa. Aprendí a hacerme amiga de lxs desheredadxs de las pequeñas historias.

Poco después Paula voló del nido y nos quedamos nosotras. Ya no necesitabas ayuda para prácticamente nada: tú solita te ponías las lentillas, nos cocinabas, comprabas. Invalidez permanente del 67% pero para trabajar, porque para vivir sólo necesitabas ayuda para dos cosas: para pelar las patatas y para abrir las latas. Los cordones te los atabas con los dientes y tu mano buena que, por cierto, era la izquierda, cuando tú habías sido diestra toda tu vida.

Todas aquellas cosas nos marcaron, ahora me doy cuenta. Llevo un tiempo concienzándome sobre todo esto. A los 15 años me enamoré de un punki catalán con una impresionante cresta y conseguí meterlo en casa todo el verano, de eso sí que no te olvidaste nunca. Hablé con él no hace mucho, y le impresionó saber de tu muerte. Te tenía mucho cariño, y pensaba pasar a saludarte el día que volviera a la isla. A los 16 te dije que estaba con un chico de 27, y es que tendrás que reconocerme que tu propia libertad hizo que te vieses en situaciones de vértigo como madre. Pero ya ves, Jordi acabó siendo como de la familia. Y es que aunque siempre me atrajeron los imposibles, o quizás mejor dicho las provocaciones, deje que me ha dejado papá, no he establecido una sola relación sexoafectiva sin que haya una buena amistad de por medio. Mis parejas siempre han sido y serán mis mejorxs amigxs. Y así, a los 19 me marché con él a Salamanca, después de pasarme el verano trabajando y ahorrando.

Estudié Filosofía becada de principio a fin y determiné que quería seguir. Volví a tener beca para el máster de acceso al doctorado y llegado el momento me vi en una encrucijada: o seguía becada en un plan de estudio ajeno a mis intereses o me aventuraba a investigar sobre lo que quería sin ver un duro. Gracias por haber sido coherente toda tu vida porque no fue necesario que nadie me dijera nada. Elegí la segunda opción y me volví a Menorca a buscar a trabajo mientras trataba de compaginar la tesis. Me metí en Ryanair, otro gran error. Menos mal que de ellos aprendemos.

Fui azafata de tierra y de la noche a la mañana me hicieron dispatcher sin formación alguna. No me aumentaron el sueldo, y no sé que me ocurrió en aquella época que ni me preocupé por cambiar aquella injusta realidad. La ansiedad, había comenzado a sentir ansiedad por primera vez en toda mi vida. Maldije el momento en que me prometí que no volvería a ponerme detrás de una barra y que me hizo acabar allí después de 6 veranos de camarera.

Todo empezó con aquello de maltratar a la gente. Que me maltrataran a mí era una decisión personal, pero que tuviésemos que cobrarles 70 euros a quienes no habían impreso su tarjeta de embarque, 50 euros a los que llevaban un segundo bulto de mano o uno demasiado grande, o 20 euros por cada kilo extra de su equipaje facturado, sencillamente me mataba. Lo de la tarjeta de embarque era un tú o yo, porque o me la pagaba el cliente o me la descontaban de mi precario sueldo al reimprimirla con mi número de agente. Con lo demás se podía hacer la vista gorda y la hacía siempre. ¿Pero mis compañeras? Lo peor de trabajar en Ryanair no fue el timo que supone para tantas personas que desconocen sus condiciones, fue que al resto de trabajadoras les pareciera espléndido e incluso una competición por ver quién “multaba” más. Qué asco, madre, qué verdadero asco. La gota que colmó el vaso fue cuando llegó un avión retrasado de East Middle, cómo para olvidarlo. Ya era distpacher, la responsable número 1 de lo que les sucediera a los aviones que despachaba por 400 euros al mes, pero eso no me eximía del resto de tareas: aquel día había estado en facturación, había subido corriendo a embarques, y tal que se abrieron las puertas del avión me abalacé a la cabina de mandos. Eran ingleses, necesitaban repostar y salir ya porque sino les tocaría pasar noche debido al retraso que ya acumulaban. Venían con un par de personas en sillas de ruedas. Cogí los datos del vuelo, realicé las llamadas oportunas y se juntó todo: la gente encargada del combustible estaba en otros vuelos y los PMR sobrepasados. No podía comenzar el embarque, y hasta que no estuviera efectuado no podía hacer la hoja de carga. El piloto estaba de mala hostia. Cuando finalmente acabé, había un fallo en la hoja que entregué. Me había dados unos datos de combustible de entre dos datos posible, y por inercia puse el otro que era el más habitual. Me trató de estúpida, como si no entendiera su idioma falocentrista, y lo hizo a gritos. Nunca he soportado eso. Levanté la voz por encima de la suya y a saber qué le dije. Su cara se puso roja y exigió que viniera otra responsable. Salí de la cabina de un portazo y el azafato me dijo que me calmara. Supongo que le miré con ira, porque se apartó de mi camino y salí de aquel avión echando chispas. Subió otra responsable y se hizo cargo del vuelo. El comandante le dijo que me pidiera disculpas. Y no recuerdo mucho más… Luego estaba en un coche, conducía yo y algo pasó. Y estallé. Empecé a hiperventilar al volante, se me durmió la mano derecha. No recuerdo llegar a casa, ni que me llevaran al centro médico de Dalt Sant Joan, sólo que una enfermera me dijo que me tomara una mierda de alprazolam, que no había tomado jamás, y que llorara. Que me soltara. Lo que sí recuerdo es que cuando estaba de vuelta en casa, medio ida en el sofá, drogada contra mi voluntad algo que siempre he detestado aunque se trate de cuestiones médicas—, cogiste el teléfono y llamaste a mi jefa. No era tu responsabilidad y nunca te habías hecho cargo de nuestros problemas, pero en ese momento cogiste el teléfono, llamaste a mi jefa, y le dijiste muy seriamente, profundamente enfadada, que al día siguiente no iría a trabajar. Colgaste, me miraste.

Se acabó, Estela. Deja el trabajo.

Pero mamá, tengo que trabajar, además sabes que me quiero ir a Madrid, que hay un máster que me viene muy bien para el doctorado.

Ese “tengo que trabajar” te patinó como la mierda. Qué suerte he tenido de no haber mamado esa costumbre tan luterana de rendirle culto al trabajo.

Tú lo que tienes que hacer es que estudiar, y tu padre y yo te podemos ayudar y lo sabes.

Aquello también era cierto y otra suerte, porque aunque siempre tuvisteis unos sueldos bastante ajustados, habéis tenido sueldos, y la universidad no es para el hijo del obrero despedido. Trabajé para conseguir otra beca para el máster en Madrid y me vine con vuestra indispensable ayuda. Y yo qué sé, es que entonces fue todo tan rápido… Conocí a gente fantástica y por fin encontré una lucha bien organizada que me llenaba. Pasaba más tiempo en las calles, en manifestaciones y parando desahucios, que estudiando, pero seguía cumpliendo con enorme destreza con mis obligaciones personales, que para algo eran buscadas y dulcemente autoimpuestas. Aparecieron Vega y Giovanni, y luego Irene. Apareció otra mucha gente, y algunas de esas personas me siguen manteniendo sin palabras porque, como tú, no las necesitan para emprender la principal de todas las luchas. Pero en mitad de todo eso llegó el cáncer, volví a la isla, te vi apagarte. Sé que hubo momentos muy bonitos, todos gracias a tu postura ante la vida que hizo que tus múltiples amigxs nos acompañaran día a día. Pero sufriste lo indecible, madre, y nosotras contigo. El equipo de paliativos, cuando decidiste dejar una quimioterapia que sólo te brindaba unos escasos meses más de vida, pero en condiciones nefastas, no estuvo a la altura. Los medicamentos no te llegaban. Recuerdo las largas noches de alaridos y un vacío insondable en mi alma. Dejé de sentir por pura supervivencia, pero sabía que tú no podías dejar de hacerlo. Y quizás no dejé de sentir ni un solo instante, porque el año siguiente no soportaba la idea de pisar Menorca. El simple pensamiento me evocaba siempre a una única imagen, la mía irrumpiendo en el hospital echa una furia, exigiendo responsabilidades. ¿Pero a quién, madre? ¡CUATRO, CUATRO MÍSERAS PERSONAS en el equipo de paliativos encargado de la isla entera! Los recortes en sanidad no tienen perdón, y no me preguntes cómo pueden seguir votando al PPSOE tantos millones de personas porque yo tampoco puedo entenderlo, ¡joder!

Después de aquel verano pasé un año muy raro en el que creía que estaba bien pero sólo recordaba aquello. Dejé la tesis porque no podía hacer nada, lo dejé todo. Y en mitad de las noches, cuando por fin parecía que el sueño se dignaba a hacer acto de presencia, te escuchaba gritar. Te escuchaba gritar y mis ojos se abrian como platos y se me helaba la sangre, y luego mis dientes se apretaban y mis puños se cerraban con fuerza, y entonces lloraba con rabia. Me levantaba, me duchaba. Me duchaba miles de veces, como si así pudiera eliminar los recuerdos. La muerte es perfectamente aceptable, pero el dolor es inaguantable. Y por culpa de esta sociedad pabibunda no existe ninguna salida posible a determinadas situaciones horrendas que espero que la mayoría nunca lleguen a conocer.

He pensado miles de veces en escribir estas últimas líneas y hasta ahora nunca había podido. Demasiada rabia, demasiado dolor. O me salían demasiado descriptivas las últimas noches de verano, o se apreciaba demasiada inquina contra un equipo de profesionales que se limitaba a hacer su trabajo aunque alguna todavía hoy no se la paso. Mis líneas nunca conseguían consistencia. Y ahora, que no estaba pensando en hacerlo, que sólo quería hacer un gesto bonito evocándote a las 21:30h. del 6 de mayo como en el pasado, ha salido todo. No es un relato desgarrador, es un relato duro pero tierno, la única forma de escribir que me representa siendo hija tuya. Y me gusta, con lo que seguiré adelante dejando constancia, por fin, de todo ello, siempre en la medida en que venga a mi mente y mis dedos quieran deslizarse con ese pensamiento por el teclado.

Hoy me encuentro muy bien y comprendo muchas cosas. Comprendo que ese único mes que estuviste deprimida cuando sufriste el ictus fue en realidad un tiempo más extenso. También hay quienes piensan que mi depresión duró apenas un mes porque, como tú, tengo facilidad para seguir para adelante y sonreír. No como desafío contra el destino o algo así, sino simplemente porque hay infinitos motivos para hacerlo y así es como lo he sentido siempre. Fingirlo sólo haría las cosas más difíciles, las apariencias atraen desgracias.

Hace apenas unos meses que aprendí a decir que estaba mal y que muchas de mis reacciones eran injustas pero inevitables, y le escribí todo un librito sobre esto y otros menesteres a mi mejor amigo para que pudiera entenderme y echarme una mano. Por fin he aprendido que nadie es adivinx y que si se quiere ayuda primero hay que saber pedirla. Conozco a gente fabulosa, y creo que quienes no lo han hecho es porque no se han atrevido a ser sinceras. No es sencillo, y no existen palabras para realizar ese aprendizaje. A mí me valió tu ejemplo.

Hoy me encuentro muy bien y sigo con la tesis. Después de perder prácticamente un año sin darme cuenta, porque escribir escribía pero solo basura, tuve un momento de dudas. No sabía si continuar o dejarlo, ¡me estaba rindiendo! Paula me dijo que te había prometido antes de morir que acabaría el doctorado. Cuando me lo contó sentí que aquella era una presión horrible. Pero ahora recuerdo otras cosas, recuerdo cómo mandaste a la mierda a mi jefa y me dijiste que yo lo que tenía que hacer era estudiar si eso era lo que me gustaba, y que me centrara porque me lo había currado. Y es verdad, me lo he currado mucho. He amado mi carrera desde el primer año, cosa que parece un privilegio en estos tiempos, y ahora tengo la tesis perfectamente encaminada.

No te voy a negar que echo muchísimo de menos las calles. Ha sido recuperarme y pegarme un trastazo de tres pares de cojones que me ha postrado unos meses en casa, pero de eso también me he recuperado ya. Y mayormente sola, madre, porque tu solo modelo ha hecho lo imposible. Me cuidaron las primeras semanas pero no tardé en querer recuperar mi autonomía, y ya mes ves, con la pierna escayolada pegando saltitos sola por casa. Cada vez que venía unx amigx a verme tenía que pedirle alguna cosa del supermercado, porque con dos muletas no se puede transportar nada. Me he acordado mucho de ti, pensaba en cómo debieron ser tus primeros pasos tras el ictus… ¡Menos mal que yo no he tenido dos niñas pequeñas a mi cargo! Qué valor tuviste siempre. El caso es que entre una cosa y otra, he cogido el ritmo correcto de estudio y las horas se me pasan volando frente al ordenador. He abandonado esa otra parte que tanto me llena y que es precisamente la de la lucha en la calle, pero no por un deber divino o social sino autoimpuesto. Y es que así, madre, todo se hace con mucho gusto aun cuando no apetece, porque comprendes que sigues batallando, que es el único modo de hacerlo. Que la lucha consiste en esto, en saber ser consecuente. Que hay muchos frentes abiertos, pero todos parten de este mismo punto.

Cuando esto se publique yo estaré por ahí perdida, cumpliendo 28 años a las 21:30h. de otro 6 de mayo. Paula cumplió 39 hace 5 horas. ¿Y sabes qué? Que has hecho maravillas. Nos diste abrigo y mimo, pero nunca dejaste de vivir a tu aire. No nos sermoneaste sobre los caminos a escoger, llegado nuestro momento simplemente nos dejaste volar. A quien no se le impone o facilita un modelo, aprende a currárselo solo. Hoy me parece de cajón, pero todavía es mayoritaria la tendencia a tratar de transmitir valores por medio de la palabra. Es un saber que había estudiado, pero que ciertamente no se asimila hasta que lo has vivido y vuelto sobre él en cierta forma de autoconsciencia. Y no tengo palabras para agradecértelo, porque en gran parte es obra tuya. Lo demás me lo agradezco a mí misma, que soy perfectamente digna de ti. Hoy todas tus hijas son libres, mamá. Gracias, gracias de verdad.

Los imaginarios hacker en las relaciones de poder

Debord consideraba que el desarrollo de las nuevas tecnologías (NNTT) aceleraría el proceso de dominación capitalista, permitiéndole al sistema controlar mejor el imaginario de la realidad. Establecía una especie de síntesis en esta evolución, que denominaba «espectáculo integrado», y que asimilaba las anteriores formas de dominación: la de lo «espectacular concentrado» y lo «espectacular difuso». Lo espectacular concentrado define las sociedades totalitarias en las que la imagen de la realidad es uniforme, establecida principalmente mediante el uso de la coacción: «Allí donde domina lo espectacular concentrado, domina también la policía»1. Lo espectacular difuso, sin embargo, describe las sociedades de consumo dotadas de una aparente libertad de elección al poder decidir entre las innumerables mercancías producidas por la industria, incompatibles entre sí por el valor fetichista de cada una de ellas, que las presenta como valor único: «(…) diferentes mercancías-estrella sostienen simultáneamente sus proyectos contradictorios de organización de la sociedad»2. Lo espectacular integrado sería una mezcla de ambas, y conseguiría controlar el imaginario social gracias, en gran parte, a la continua modernización y desarrollo de las NNTT3.

El despertar de estas formas espectaculares, sin embargo, parece hacerse efectivo en el momento en que las estructuras a través de las que nos comunicamos y construimos significados dejan de ser unidireccionales para pasar a ser multidireccionales. Pero esto es solamente una posibilidad que requiere de otras muchas variables, como por ejemplo, que los receptores estén dispuestos a –o puedan, en caso se sufrir una sobredosis de información– recibir los nuevos mensajes4. En todo caso, la potencialidad está ahí y tiene consecuencias que van más allá de las propias estructuras físicas de los canales comunicativos. Según las investigaciones sobre comunicación de Manuel Castells, el poder se basa principalmente en su capacidad para controlarla, y «el proceso de formación y ejercicio de las relaciones de poder se transforma radicalmente en el nuevo contexto organizativo y tecnológico derivado del auge de las redes digitales de comunicación global y se erige en el sistema de procesamiento de símbolos fundamental de nuestra época»5. Hasta aquí, nada que no intuyera y alertara Debord, o que no adelantaran también otros autores coetáneos a él, siendo posiblemente Foucault el que lo expresó de forma más clara, sin necesidad de ejemplificarlo con las NNTT. En sus múltiples estudios acerca de la relación poder-saber –en sí mismo un concepto– da cuenta de la fuerza que es ejercida, de forma más o menos consciente, en todos los ámbitos de la vida para mantenernos, entre todos, dentro de lo que es considerado como normal en cada momento. Esta normalidad se constituiría, por tanto, a través de procesos complejos que dejan atrás la clásica dualidad de la cultura idealista occidental:

Esta alma real e incorpórea no es en absoluto sustancia; es el elemento en el que se articulan los efectos de determinado tipo de poder y la referencia de un saber, el engranaje por el cual las relaciones de saber dan lugar a un saber posible, y el saber prolonga y refuerza los efectos del poder (…). El hombre de que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo. Un “alma” lo habita y lo conduce a la existencia, que es una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo6.

Para Foucault, hay una tecnología política del cuerpo, una microfísica que no se basa en propiedades sino en estrategias: «(…) lo que rige todos estos mecanismos no es el funcionamiento unitario de un aparato o de una institución, sino la necesidad de un combate y las reglas de una estrategia»7. Son relaciones de poder donde el concepto de alma se transforma en un proceso en marcha, vivo, en el que estamos necesariamente inmersos y del que no podemos excluirnos, y a través del que se generan los significados.

Este prisma, mucho más biológico –o en este caso, bioestético–, parte de una recuperación del cuerpo y del entorno que tiene su origen a principios del siglo XX y que, para combatir la estetización de la vida que tan bien refleja Debord en La sociedad del espectáculo, según la que las cosas son en función de lo que aparentan ser, requiere de un análisis crítico profundo. Se aparcan los viejos dualismos según los que a un lado se encuentra lo bueno y al otro lo malo, en uno el poder y en el otro la subordinación, y se asume una realidad mucho más compleja generada a partir de procesos, de relaciones de poder que tienen lugar a múltiples niveles. Y dentro de estas relaciones, cada acto juega un papel estratégico en la consecución de unos fines variables, construidos también en el mismo proceso de la acción. Ya no se trata de hacerse con el poder, porque el poder ya no reside en un lugar concreto; se trata de evitar perder, en la medida de lo posible, el control sobre nuestras actuaciones, y para ello resulta imprescindible el acceso abierto al conocimiento.

Dentro de este marco orgánico, los canales de comunicación globales ocupan un papel relevante por la potencialidad que tienen de hacer llegar un mismo mensaje a múltiples puntos con un mínimo esfuerzo. Sin embargo, no se deben obviar otros tantos ámbitos de la vida en los que permanentemente se están tejiendo significados, y en los que están inmersos los receptores a la hora de recibir las ideas que con tanta facilidad se difunden en todas direcciones a través de internet. El triunfo de estos mensajes depende de muchos factores que quedan fuera del alcance de las redes, y con los que hay que contar a la hora de analizar el poder de estas comunicaciones. En cierto sentido, hay un repunte de la utópica teoría de la comunicación habermasiana con el desarrollo de las redes sociales de internet (RSI). Pero en cualquier caso, tiene lugar dentro de un contexto en el que se ha perdido aquella inocencia inicial según la que podía establecerse una comunicación entre iguales.

Si acaso, el mayor logro de internet en los procesos de formación de significado sería estético, al haber propiciado una metáfora muy gráfica de los mismos. Hoy existe una imagen muy clara sobre las múltiples relaciones de poder que existen detrás de las constantes normalizaciones que se van estableciendo y superando, y esta imagen remite constantemente a los imaginarios estéticos de la contracultura hacker que empezaron a proliferar a partir de ese “no propongas, haz”. Hoy resulta impensable aludir a estos procesos de significación sin hacer referencia a la metáfora del enjambre de las multitudes conectadas actuando en células o colmenas, y sus réplicas a otros niveles como el urbano con el 15-M. Son unas metáforas que plantean de forma muy clara las relaciones entre lo local y lo global, manteniendo ambas esferas –como otras tantas– interconectadas. Se está empezando a dibujar, y a determinar de este modo, una biopolítica que lleva ya un tiempo configurándose en nuestros imaginarios. Y en su aprehensión estética, se van adquiriendo las herramientas necesarias para llevar a cabo los procesos de significación con una estrategia cada vez más pulimentada.


1DEBORD, Guy (2010): La sociedad del espectáculo. Madrid, Pre-Textos, §64, pp. 67 – 68.
2Ibíd., §64 – 66, pp. 68 – 69.
3DEBORD, Guy (1990): Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. Barcelona, Editorial Anagrama, pp. 12 – 19.
4CASTELLS, Manuel (2009): Comunicación y poder. Madrid, Alianza Editorial, p. 22.
5Ibíd., pp. 23 – 24.
6FOUCAULT, Michel (1992): Vigilar y castigar. Madrid, Siglo XXI, p. 36.
7Ibíd., p. 314.

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